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Carlos Alberto Montaner

Los revolucionarios radicales no aprenden ni olvidan

Es muy extraño. Los revolucionarios radicales suelen emular los modelos evidentemente fracasados. Chávez decía, extasiado, que Venezuela viajaba al mar cubano de la felicidad. No sé si lo dijo él o se lo contó uno de los pajaritos que habla con Maduro, pero parece que el país llegó a su destino.

Ya no hay comida ni medicinas, abundan los presos políticos y los guardias aporrean en las calles a quienes protestan. Hace pocas semanas los policías y otros rufianes mataron a 150 jóvenes y jóvanas, como dice Maduro, un gobernante tenazmente decidido a asesinar la gramática en nombre de la igualdad de géneros. Los venezolanos mejor preparados se han largado al exilio y cunde la desesperanza. Igualito. 

Simultáneamente, las FARC y otros narcoguerrilleros comunistas, a juzgar por el entusiasta apoyo de Iván Márquez al reciente fraude electoral de Maduro, miran arrobados el modelo venezolano con la intención de que Colombia también se desplace hacia el mismo mar cubano de la felicidad. Algo parecido a lo que sucede en España con Pablo Iglesias, Monedero y el grupo de Podemos. Quieren cubanizar o venezolanizar a la Madre Patria.

Y no se trata de ausencia de modelos exitosos. Hace pocas fechas la ONU publicó su Informe Mundial de la Felicidad 2017, y ya se sabe que los burócratas de Naciones Unidas suelen ceñirse a los datos rigurosos.

Las diez naciones que encabezan esa lista son, por orden: 1: Noruega. 2: Dinamarca. 3: Islandia. 4: Suiza 5: Finlandia. 6: Países Bajos  (Holanda). 7: Canadá. 8: Nueva Zelanda. 9: Australia. Y 10: Suecia.

Para llegar a esa conclusión los expertos de la ONU tuvieron en cuenta: las declaraciones de los encuestados, la esperanza de vida, el índice de violencia social, el  ingreso per cápita, el nivel de desempleo, la cantidad de graduados universitarios, las horas de trabajo, el acceso a los cuidados médicos y a internet, la longevidad alcanzada por el promedio y hasta la frecuencia de la risa. Fue un trabajo exhaustivo.

¿Por qué los revolucionarios violentos y radicales, si efectivamente quisieran el bienestar de sus sociedades, no siguen de cerca esos ejemplos? Por varias razones que me tocó explicar en un seminario internacional organizado por la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala al cumplirse 100 años de la revolución bolchevique.

  • Todos los países felices y exitosos son naciones democráticas guiadas por el mercado en las que prevalecen la propiedad privada y el respeto por los derechos humanos. Para los revolucionarios radicales sería inconcebible pretender emular a Dinamarca o a Australia, paradigmas del horror capitalista. Para lograr ese objetivo sobraban las miles de ejecuciones y la destrucción del tejido empresarial existente. El camino era otro si fueran sensatos: respetar las leyes, invertir y atraer inversiones, aumentar todos los capitales –el material, el humano, el cívico- y continuar ese círculo virtuoso y pacífico ad infinitum.
  • Lamentablemente, el propósito de los revolucionarios radicales, no es estimular a los empresarios para que innoven y creen riquezas, sino sustituirlos, apoderándose de las compañías que obtienen beneficios, sin advertir que ellos carecen del ímpetu de los emprendedores y de la disciplina de los empresarios. Lo que explica el insensible cierre o la quiebra de miles de empresas, como ha sucedido en Cuba, Nicaragua y Venezuela cada vez que el Estado las ha intervenido y puesto en manos de fieros y dogmáticos “compañeros revolucionarios” dedicados a reemplazar a los “odiados burgueses”.
  • Hay, además, una especie de inercia revolucionaria que lleva a recomendar esa forma de gobierno a los países que buscan una reforma. Estos sujetos están condenados a repetir los errores porque, de no hacerlo, estarían traicionando a la revolución y negando sus propias vidas. Existe, incluso, una explicación científica para entender por qué tropiezan una y mil veces con la misma piedra: el efecto Einstellung. El cerebro queda marcado por una primera experiencia y ellos la reiteran incesantemente.

Pero la razón esencial de por qué eligen el error y viven en él durante décadas es todavía más sórdida. El totalitarismo les sirve para conservar la autoridad permanentemente, apoyándose en tres elementos fundamentales de las dictaduras de largo aliento: una coartada ideológica .

Un huracán llamado comunismo

En medio del huracán recibí una misteriosa foto de Fidel Castro. Arriba decía: “Fidel resucitó”. Abajo del retrato se aclaraba el misterio: “Ahora se llama Irma”. El Comandante había reencarnado en un feroz ciclón.

La broma posee una base seria. Me la explicó Juan Manuel Cao, uno de los periodistas estrella de  TeVe América. El comunismo y los huracanes tienen muchas cosas en común. Dejan a la sociedad que los padece sin electricidad, sin comida, sin medicinas, sin ropa, sin gasolina. El agua potable se convierte en un hilillo esquivo que se desvanece con la habilidad de Houdini. Son magos. Lo desaparecen todo. El socialismo es así.

Pero ambas catástrofes se diferencian en un detalle clave: los huracanes sólo perduran unos pocos días y las personas esperan ilusionadas el final del agua y de la ventolera. El comunismo, en cambio, dura una eternidad y, poco a poco, las esperanzas de ver el final se van esfumando. Los cubanos llevamos 58 años de penurias. Los venezolanos, aunque todavía no han llegado al mar de la felicidad, como les anunció Hugo Chávez, comenzaron el viaje hace casi 20 años. Ya están cerca de la meta. Dios los coja confesados.

La Fundación para los Derechos Humanos de Cuba que preside Tony Costa, en un boletín escrito por el historiador Juan Antonio Blanco, agrega una denuncia contundente en respuesta a las declaraciones del dictador Raúl Castro. El general ha explicado que casi todos los recursos de que dispondrá Cuba en el último trimestre del 2017 los emplearán en rehacer la infraestructura hotelera destruida por el huracán Irma.

Las empresas, casi todas foráneas, codirigidas por los generales cubanos, tendrán prioridad. Si hay que arreglar una calle o un edificio, si hay que reparar una línea eléctrica o telefónica, no serán las de los cubanos, sino las de los extranjeros. Siempre ha sido así. Es el gobierno, sin consultar a la ciudadanía, quien decidirá cómo gastará los recursos generados por el trabajo de los cubanos.

Cuando ocurren estas catástrofes se hace más evidente aún el cruel disparate de los sistemas en los que el gobierno, dueño de todas las propiedades, de todos los recursos, y de todos los mecanismos de toma de decisión, elige la seguramente pésima suerte de sus súbditos.

En las sociedades en las que prevalece la propiedad privada, los ciudadanos protegen sus activos por medio de seguros, y si no los tienen adquieren préstamos para reparar sus casas o fincas. No esperan que el Estado les resuelva las carencias más urgentes porque saben, como solía decir Ronald Reagan, que no hay criatura más peligrosa que quien nos dice: “soy representante del gobierno y vengo a solucionarle sus problemas”.

En Cuba hay miles de damnificados de ciclones que sucedieron hace seis, siete o diez años, y continúan viviendo en albergues provisionales que se están cayendo a pedazos. Con frecuencia, la ayuda que llega del exterior es luego vendida en dólares en tiendas especiales.

Recuerdo una revelación estremecedora que me hizo Jaime Ortega, muy molesto, entonces obispo, y pronto cardenal, en los años noventa, en mi casa de Madrid: cuando Alemania, ya reunificada, trató de regalar miles de toneladas de leche en polvo, siempre que las distribuyera Cáritas, sabedora por sus diplomáticos en La Habana que el gobierno vendía esas codiciadas dádivas, el indignado representante del gobierno cubano, un viceministro de Comercio Exterior llamado Raúl Taladrid, por instrucciones de Fidel Castro, pronunció una frase tremenda que debería pasar a la Historia universal de la infamia: “primero los niños cubanos tomarán agua con cenizas que leche distribuida por la Iglesia”.

Ahora le tocó el turno a “Irma”. Poco a poco el país se irá erosionando pronunciadamente, de huracán en huracán, de tormenta en tormenta, hasta transformarse en una ruina incomprensible, mientras el sistema continúe vigente. No me extraña, pues, el amargo chiste. Fidel reencarnó en “Irma”. Mañana será en “Manuel” o en “Carmen”. Hasta que Cuba sea un recuerdo borroso, o hasta que esa castigada sociedad consiga quitarse del cuello la pesada cadena y emprenda el largo camino de la reconstrucción nacional alejada de la utopía socialista.

*Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

 

¿Es posible otra guerra civil en Estados Unidos?

Un sociólogo amigo, JR, con buen juicio político y gran experiencia en el análisis de los conflictos (se les llama polemólogos), teme que sí. Incluso, en un arriesgado juego literario aporta una fecha para el inicio de las hostilidades: 2052. Y una fecha para el final: 2055. Apenas tres años. El pleito sería el resultado de un desencuentro étnico entre algunas minorías resentidas y la desdeñosa mayoría relativa que hoy es el mainstream o corriente central de la sociedad norteamericana.

La fecha elegida no es casual. A mediados de siglo en Estados Unidos “los blancos” ya no serán la mayoría absoluta del censo. Nadie ocupará ese espacio. Los blancos sólo formarían la minoría más numerosa, pero lejos del 50% de la sociedad. Los hispanos alcanzarán la cifra de 100 millones de personas. Junto a los afroamericanos y los asiáticos se repartirán la otra mitad del pastel demográfico. En su escrito JR cita una frase conocida de Yasser Arafat con relación a Israel: “el útero de nuestras mujeres es la mejor arma para doblegar a los judíos”.

Sospecho que mi amigo está bajo el impacto del episodio virginiano de Charlottesville. El obsceno espectáculo del KKK y los supremacistas dando gritos antisemitas y antiinmigrantes, y agrediendo a los manifestantes opuestos (de ellos unos pocos, pero aguerridos antifas insertados entre los demócratas, unos violentos tipos anarcoides que se autodenominan anticapitalistas), con el triste saldo de una muchacha asesinada que nada tenía que ver con los antifas, le pareció el ensayo general para otra guerra civil que se irá incubando lentamente con cada encontronazo, con cada pequeño golpe, hasta que sobrevenga el Armagedón.

A priori, debe admitirse que ningún país esté exento de partirse en facciones rivales que acaban a tiros. Hoy parece imposible que Estados Unidos derive en esa dirección, pero los alemanes antes de 1933 decían que el estrafalario Adolfo Hitler jamás se ganaría el favor del electorado del país más culto y poderoso de Europa. Pocos días antes del comienzo de la Guerra Civil de 1910, el New York Times alabó la fortaleza mexicana lograda bajo la dictadura de Porfirio Díaz. Hay muchos ejemplos.

Veamos los síntomas prebélicos
¿No eligieron los estadounidenses a Donald Trump, una persona ajena a los partidos políticos, un verdadero outsider que puede decir algo hoy y mañana afirmar lo contrario, al extremo de que Bill Kristol, el líder intelectual de los neoconservadores republicanos, afirma que el expertise de Trump no es el arte de la negociación sino de la demagogia? ¿No dice Trump que el sistema electoral no es fiable y que la prensa miente constantemente? ¿No insulta o despide a los miembros del gabinete que él mismo ha elegido? ¿No es verdad que republicanos y demócratas no se ponen de acuerdo en casi nada en el terreno legislativo? ¿No es cierto que desde hace muchos años tirios y troyanos toman caminos diferentes en política exterior?

Sin embargo, aunque todos esos síntomas apuntan a la deslegitimación casi total del sistema, no creo que la situación política norteamericana sea hoy peor que en otras épocas. La crispación de la era de Kennedy, el enfrentamiento de los jóvenes con su sucesor Lyndon Johnson y el amargo periodo de Nixon, culminado con su renuncia a la presidencia, me parecen tan o más graves  de lo que hoy sucede.

La República americana, ideada esencialmente por James Madison, con sus frenos y contrape-sos, ha dado pruebas de una gran resistencia y flexibilidad. Cuando le acusé recibo a JR le escribí que aunque la próxima guerra civil norteamericana era posible, no creo que sea proba-ble. Los cimientos son demasiado firmes.

*Periodista  y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas

La libertad se acerca

Luisa Ortega, Fiscal General de Venezuela, ha introducido un  recurso de nulidad ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) basado en el carácter inconstitucional de la Constituyente que intenta organizar Nicolás Maduro. Ortega le ha disparado un torpedo a la línea de flotación de un chavismo que ya  andaba flaco, fané y descangallado.

Poco antes de dar  ese paso definitivo, Ortega declaró que era una persona que no conocía el miedo y, francamente, lo ha demostrado. La respuesta de algunos chavistas ha sido de un cinismo terrible: pretenden  declararla “loca”. Algo así como establecer que todo funcionario que tenga  un criterio independiente es la prueba de que está mal de la cabeza.

Probablemente los  jueces del TSJ, que son meros apéndices de la presidencia, rechacen el recurso de la Fiscalía, pero el mero hecho de haber iniciado ese trámite judicial deslegitima totalmente el proyecto de liquidar los vestigios republicanos que quedaban en Venezuela con el objeto de instaurar una dictadura totalitaria calcada del modelo cubano.

La  postura de Ortega, súbitamente apegada a Derecho –es mejor tarde que nunca--, coincide con el extraordinario ejemplo de rebeldía civil que están dando decenas de miles de jóvenes en ese país. Era realmente  un “bravo pueblo”, como reza el himno de los venezolanos. Ya llevan 64 muertos  y continúan repitiendo una consigna tercamente heroica mientras los gasean y balean sin compasión: “Calle sin retorno hasta que Maduro se vaya”.

¿Es eso posible?  Puede ser. Maduro apesta. En marzo, el 21.1% de los venezolanos pensaba que Maduro debía terminar su mandato constitucional en el 2018. Era poco,  pero al menos una quinta parte así lo creía. A principios de mayo, menos  de 45 días después, el porcentaje de apoyo se había reducido dos tercios, al 8.08. Si lo miden en junio, creo que  ni Cilia, su mujer, lo respaldaría. Ese país, esa  sociedad, no lo  quiere. “¡Fuera Maduro!”, es más un mantra que una consigna.

Estos datos  provienen de una reciente encuesta nacional, muy bien hecha, auspiciada por la Universidad Católica Andrés Bello. Los números  reflejan lo que dicta el sentido  común. El 89.02%  piensa que Venezuela va mal o muy mal. Pero no se trata de una  percepción remota. Ocho de cada  diez venezolanos estiman que a ellos les va mal o muy mal.

¿Por  qué? Sencillo: la  escasez de alimentos y medicinas  es pavorosa y creciente. El 79% de los venezolanos culpa al gobierno  de esta situación, incluido el 44% de los que se autocalifican de chavistas. El hambre ha  llegado a los cerritos. La indiferente legión de los ni-ni –ni con unos ni con otros— se ha reducido a la  mitad. Ergo, el 77% del pueblo respalda las protestas frente a un  magro 17 que se opone.

La encuesta es muy larga. Vale la pena examinarla  porque les pregunta a los venezolanos cuál es la salida del laberinto. Naturalmente, los presos políticos, claro, a la calle. Y, sin duda, consultas verdaderamente democráticas. Nadie quiere una guerra civil. Inmediatamente, elecciones para gobernadores y alcaldes. Luego, la presidencial. El objetivo es enfriar la bomba potencial en una urna.

Mientras  todo eso sucede, el 88.4% pide un canal humanitario para que los pobres coman y se curen. (Los pobres, gracias a la estupidez congénita del socialismo, ya son más del 66% del censo y continúan aumentando. Por ahora, se  alimentan de las sobras, a veces nauseabundas, del pequeño grupo que tiene ahorros en dólares fuera del país).

Si Vladimir Padrino  López, el general a cargo del manicomio, revisa la encuesta, verá que el ejército, la policía y los paramilitares están en la cola de los aborrecimientos, sólo superados en esa poco honorable “shit list ” por los chupópteros de los países del ALBA, percibidos como los grandes “chulos” de la riqueza venezolana.

Ese  es el mejor argumento que tiene Padrino para quitarle todo apoyo a Maduro. Los están hundiendo ante  un pueblo que antes los  admiraba. Los grupos  más respetados son los muchachos que luchan y mueren, los empresarios que tratan de crear riquezas nadando contra la corriente, los curas locales, que están junto al pueblo, las redes sociales que transmiten información y no propaganda.

Obviamente,  Raúl Castro y sus militarotes intrigan incesantemente para no perder esa fuente de ingresos, pero el chavismo sereno –de que los hay, los hay-- tendrá que admitir que no se puede ahogar para salvar a una isla parásita, aferrada a un sistema absolutamente improductivo, empeñada en no crear riqueza y en vivir de la caridad ajena, que lo único que aporta, cobrados a precio de oro, son los planos para la fabricación de una asfixiante jaula implacablemente empobrecida. La encuesta  termina con una frase certera: la libertad está cerca. ¿Cuándo? No lo dice. Son encuestadores, no magos. 

Debe castigarse a los cómplices de la indecencia

Puro papel mojado. De nada sirvió la Carta Democrática Interamericana  solemnemente firmada en Lima en el 2001 por los 34 países miembros de la OEA. Sesenta muertos, cientos de heridos y  torturados y más de dos mil detenidos, pero la Organización de Estados Americanos no pudo ponerse de acuerdo para condenar al régimen de Venezuela tras la deriva totalitaria adoptada por Nicolás Maduro.

Casi todos los países del CARICOM, que son aproximadamente los mismos de Petrocaribe, la Odebrecht venezolana, corrompidos a punta de petrodólares, le vendieron al chavismo la conciencia democrática y la compasión por los muchachos que luchan y mueren por la libertad.

Formaron un club de estómagos agradecidos, secretamente coordinados en este evento por la cancillería venezolana controlada por los hábiles operadores políticos de la Dirección de Inteligencia (DI) cubana, presidida por el general Eduardo Delgado Rodríguez, para oponerse a la resolución presentada por EEUU, Canadá, México, Perú y Panamá, aportando una declaración alterna, totalmente anodina, que no tenía otro objeto que impedir la mayoría calificada que exigía el reglamento de la OEA para forjar una declaración conjunta.

La población combinada de los 15 Estados afiliados al CARICOM es apenas un 5% del censo de las naciones decididas a censurar a Maduro, pero la ficción democrática que impera en la OEA determina que el voto de Monserrat, una excrecencia geológica con menos de 6,000 habitantes poseedores de una bandera, un himno, una gasolinera y dos farmacias, vale lo mismo que el de Brasil.

Es decir, Raúl Castro y Nicolás Maduro súbita y hábilmente dotaron de política exterior a unos minúsculos países que carecían de ella, con el objeto de bloquear la acción de unas naciones que pretendían cumplir con el compromiso moral contraído por todos en la Carta Democrática Interamericana.

Este resultado era predecible. La OEA es  una institución geográfica que surgió impulsada por la Guerra Fría. No obstante, su arquitecto, Estados Unidos, perdió interés en el organismo. Especialmente desde que, en diciembre de 1989, la institución se le escapó de las manos y condenó a Washington por la invasión a Panamá, efectuada para terminar con la narcodictadura criminal del general Manuel Antonio Noriega.

Los hechos se precipitaron tras el asesinato de un oficial norteamericano destacado en la Zona del Canal y la violación de la esposa de otro por cuenta de los militares norieguistas. La invasión, finalmente, le trajo la democracia al país. Pocos meses después, el gobierno legítimo de Guillermo Endara, inspirado  por el vicepresidente Ricardo Arias Calderón, desmilitarizó a Panamá, cancelando para siempre unas Fuerzas Armadas que sólo habían servido para tiranizar al pueblo y estimular el tráfico de drogas.

Deberían existir sanciones para los diplomáticos y los Estados miembros que violan los compromisos que habían jurado defender. No es posible que funcionarios y políticos comprometidos con el cumplimiento de los Derechos Humanos y las reglas de la democracia liberal, acaben respaldando a la dictadura de Maduro por un puñado de barriles de petróleo y otros oscuros negocietes.

Fue premonitoria la reciente amenaza del senador Marcos Rubio a República Dominicana, Haití y El Salvador si no respaldaban posturas democráticas dentro de la OEA. Tras el reciente espectáculo, acaso algunos  legisladores republicanos y demócratas propicien en Estados Unidos la aprobación de una ley bipartidista por la que se castigue de oficio a quienes ignoran o traicionan los compromisos previamente contraídos en las instancias internacionales.

Ya se sabe que negarles las visas de acceso a Estados Unidos a los políticos y funcionarios corruptos, la confiscación de sus recursos mal habidos, o decretar la imposibilidad de adquirir propiedades en el país, tienen un fuerte efecto disuasorio sobre las conductas reprobables de estos bandidos de cuello blanco. Sería una forma legítima de contribuir a la  decencia y a la seriedad de la región.

*Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

 

Pongamos al día la Doctrina Truman

Los resultados del viaje de Donald Trump al Oriente Medio y a Europa son bastante confusos. Afirmar en Arabia Saudita que Estados Unidos no se propone decirle a ningún país cómo debe comportarse, ni qué valores debe defender, se contradice con la Doctrina Truman que, precisamente, “hizo grande” a Estados Unidos durante 70 años y ha evitado la Tercera Guerra mundial.

En Europa recibieron a Trump con grandes reticencias. Su risueña acogida al Brexit británico contraria-ba el espíritu de unidad que afortunadamente todavía prevalece en el Viejo Mundo. Su declaración de que la OTAN era obsoleta, luego desmentida un tanto frívolamente por él mismo,  había sido una mala señal.

El presidente Harry Truman proclamó en marzo del 1947 el compromiso de su país con la libertad ante las dos cámaras del Congreso norteamericano. En ese momento estaban en juego la independencia de Grecia y Turquía. A Grecia la amenazaban la URSS y Yugoslavia, mientras los ingleses, devastados por la II Guerra, acababan de declarar que no tenían fuerzas materiales para continuar respaldando a la pequeña península del Mediterráneo, cuna directa de eso que llamamos Occidente.

Estados Unidos asumió el lugar de Inglaterra. Desde1943 se sabía que la batalla de Midway en el Pacífico (junio de 1942) había sido decisiva y que era cuestión de tiempo que las potencias del Eje tuvieran que rendirse. Objetivo que se logró, finalmente, tras la detonación de la segunda bomba nuclear en Nagasaki en 1945. Ni siquiera la hecatombe de Hiroshima, producida unos días antes, fue suficiente para doblegar a los japoneses.

La coronación de Estados Unidos como primera potencia del planeta había comenzado en 1944, bajo la presidencia de F.D. Roosevelt, en Breton Woods, donde se delineó el destino financiero de la comunidad internacional en la posguerra. Muerto ese presidente norteamericano, a  su vicepresidente Harry Truman le tocó forjar la estrategia para defen-der a Estados Unidos y a Occidente del espasmo imperial soviético. Básicamente, Washington creó, encabezó y financió una gran fuerza multilateral afincada en diversas regiones: Asia, Europa y América Latina. Donde pudo, buscó aliados. Cuando no los encontró, actuó por su cuenta estableciendo pactos bilaterales.

Los instrumentos de la Guerra Fría, en el polo encabezado por Washington, comenzaban por definir los valores y principios en la Doctrina Truman, a lo que siguieron el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), el Plan Marshall, la creación de la CIA, la OTAN, la OEA, y la decisión de impedir, cuando se podía, el ímpetu arrollador del comunismo. En 1950 pudieron detener la invasión de Corea del Norte a Corea del Sur, pero un año antes, en 1949, nadie pudo evitar el triunfo de Mao en China continental, sin arriesgarse a una terrible guerra.

Truman sabía que Estados Unidos cargaba con un peso desproporcionado de los costos comunes de la defensa de la libertad, pero también sabía que era el único centro de iniciativas democráticas capaz de ha-cerle frente a Moscú y, de paso, evitar conflictos aún más costosos.

Cuando un periodista le preguntó si no le parecía un despropósito aportar doce mil millones de dólares al Plan Marshall (algo que los Trump de aquellos años calificaban del “peor negocio” que podía hacer una nación triunfadora con sus vencidos adversarios), el presidente americano le respondió con una frase lapidaria: esa cifra era una pequeñísima fracción de lo que le había costado al país la Segunda Guerra mundial.

Era mucho más barato hacer ese aporte que precipitar a Estados Unidos a un nuevo conflicto. Algo había aprendido Truman de la Primera Guerra, en la que participó, por cierto, como oficial de artillería. Sabía  que lo que le convenía a Estados Unidos y al mundo era una constelación de naciones prósperas respetuosas de los valores democráticos, aunque ello significara que su país tuviera que abonar mucho más que la media por el honor y la responsabilidad de liderar al grupo.

Es cierto que Donald Trump no ha sido el primer presidente norte-americano en rechazar la Doctrina Truman. Antes que él, Barack Obama, en Panamá, admitió públicamente que su país cancelaba el objetivo de cambiar la dictadura comunista de los Castro y comenzó a hacerle inexplicables concesiones unilaterales a ese régimen, aunque luego, en La Habana, hiciera un valioso discurso sobre la libertad que dejó felices a los demócratasy confundidos a los comunistas.

Es cierto que ya no existe el peligro soviético, pero eso no quiere decir que la democracia no esté amenazada por el terrorismo, los narcos, la corrupción rampante, el islamismo radical y los comunistas irredentos. Quizás  es la hora de proclamar un corolario a la Doctrina Truman y procurarle al mundo otros 70 años de paz y fortaleza. Pero lo que carece de sentido es cancelar esa estrategia sin advertir que Estados Unidos ha sido grande gracias a ella.

 

Trump y Putin o las amistades peligrosas

A Donald Trump se le ha alborotado el avispero. Culpa a la prensa de sus desgracias, pero no es verdad. Él es el responsable de todas sus desdichas. Si le advirtieron de las andanzas monetarias del general Michael Flynn con los turcos, no debió intentar llevarlo al gabinete. Si durante la campaña pidió y obtuvo ayuda de los rusos – extremo que él niega y debe demostrarse – fue un error vecino al delito y una inmensa deslealtad al país. Si luego le  confió a Vladimir Putin y al canciller ruso Sergéi Lavrov una delicada información de la inteligencia israelí, se trató de una severa imprudencia.

Pero lo más grave es la incapacidad de Trump para no distinguir el papel de Moscú en los asuntos mundiales. Putin, progresiva y deliberadamente, ha ido situando a Rusia como el gran adversario de Estados Unidos y de Occidente. No quiere restaurar el bolchevismo, pero sabe que el pueblo ruso añora el rol de gran potencia que obtuvo desde que en 1815, tras la derrota de Napoleón, durante el Congreso de Viena, Rusia fue reconocida como una de las naciones clave del planeta y así se le percibió hasta el fin de la Guerra Fría.

Durante la década de los noventa del siglo XX, tras la desaparición de la URSS y de haberse disuelto el partido comunista, cuando gobernaba Boris Yeltsin, hubo una oportunidad de atraer ese país a la órbita occidental, entonces desorganizado, desorientado y muy pobre, pero Bill Clinton no supo, no pudo o no le interesó hacerlo, acaso porque fue incapaz de prever que la nación más extensa de la Tierra acabaría chocando con Estados Unidos.

Hoy Rusia rechaza la presencia de la OTAN en Europa y se opone al despliegue de los sistemas antimisiles norteamericanos. Respalda a los ayatolas iraníes, creadores de la siniestra organización terrorista Hizbolá. Intenta perjudicar, cada vez que puede, a la democracia israelí. Apoya militarmente a la asesina satrapía siria. Protege diplomáticamente a Corea del Norte en dupla con China. Arma al ejército chavista y realiza operaciones conjuntas con su marina. Rehace sus vínculos con Cuba y le envía petróleo cuando flaquean los suministros venezolanos. Y, además, establece una absurda carrera armamentista en Centroamérica, la región más pobre de América Latina, al adiestrar a las FFAA nicaragüenses, país al que le ha vendido 50 tanques de combate, y donde tiene varios centenares de asesores apostados que les dan servicio a los buques de guerra que envía periódicamente al Caribe y al Pacífico.

Putin podrá ser simpático con Donald Trump, y es cierto que al ex KGB (que detestaba a Hillary Clinton), le convenía que el multimillonario llegara a la Casa Blanca con su auxilio, pero, objetivamente, el ruso es un enemigo de los intereses y los valores de Estados Unidos, y el presidente de este país no puede caer en la ingenuidad de tratarlo como si fuera un aliado. Pecado, por cierto, que también cometió Barack Obama en su trato deferente a la dictadura cubana, ignorando que, mientras negociaban el deshielo, los Castro le jugaban cabeza y apertrechaban clandestinamente a Corea del Norte.

Peor aún: los cubanos retuvieron 19 meses un misil ultra secreto norteamericano llegado a La Habana desde Europa, supuestamente “por error”, aunque untado con el tufo inequívoco de ser una operación maestra de la DGI cubana.

Se trataba de un AGM 114 Hellfire guiado por láser, capaz de ser disparado desde un dron o desde un helicóptero. Diecinueve meses era un periodo más que suficiente para haber compartido la tecnología con Irán, Corea del Norte y Rusia, como los Castro hicieron en el pasado con inteligencia militar muy importante captada por sus bien aceitados servicios de espionaje.

Francamente, el mayor riesgo que entraña la presidencia de Donald Trump no es su utilización infantil del twitter, sus vengativas y pintorescas rabietas contra la prensa o su grandiosidad narcisista, típica de los caudillos populistas, sino no entender quiénes son los enemigos de la sociedad que lo eligió. Eso sí pone los pelos de punta.

*Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

¿Por qué Nicolás Maduro se saca de la manga una nueva Constitución?

Tiene cuatro objetivos seguramente recomendados por los fogueados operadores políticos cubanos.

  • Ganar tiempo.
  • Terminar con las manifestaciones de rechazo en las calles de todo el país.
  • Fragmentar a la oposición entre pactistas e insurgentes.
  • Refundar el Estado para eliminar todos los vestigios de democracia liberal enquistados en la Constitución de 1999.

Maduro cree que necesita tiempo para mejorar su imagen. Sigue cayendo en todas las encuestas. La última, la de Hercon, apenas le confiere un 10,9% de respaldo popular. El dato es importante, pero no determina quién mandará. Cuando Lenin se hizo con el poder en Rusia apenas contaba con 50,000 militantes duros para una población de más de cien millones. Los mencheviques cuadruplicaban ese número. Lenin los barrió. Maduro sueña, además, con que un golpe de suerte (una guerra contra Irán, por ejemplo) aumente los precios del barril de petróleo a más de 100 dólares.

Las protestas callejeras han durado demasiado y los jóvenes opositores se envalentonan en lugar de acobardarse. Llevan más de un mes en las calles. Las de la “primavera árabe” fueron más breves y triunfaron. Los venezolanos ya van por 35 muertos y los muchachos han aprendido a luchar contra los carros de combate. Entre los cócteles Molotov y los botes de pintura para “cegar” los vidrios blindados de las tanquetas, ya saben cómo enfrentarse a esos mortíferos enemigos. Tal vez lo aprendieron, sin saberlo, de la antisoviética revuelta húngara de 1956.

Maduro (y los expertos cubanos) saben que para ellos es vital que la oposición no se una. La infiltran. Siembran calumnias. Dispersan rumores. Construyen falsos líderes. Las redes sociales, que sirven para congregar a los opositores, también son útiles para disgregarlos. La contrainteligencia posee agentes muy diestros en esas labores. Trabajan incansablemente. Cuentan con unidades especiales dedicadas a estos menesteres. Controlar a las sociedades es un arte nauseabundo que ellos conocen. No saben cómo producir bienes y servicios, y mucho menos administrar decentemente, pero conjugan como nadie los verbos “dominar” y “castigar”.

El Estado se funda o refunda con una Constitución. La ley de leyes puede ser la expresión de la soberanía popular o el instrumento del grupo dominante. La de 1999 incluía elementos contradictorios, como la separación de poderes o ese artículo 350 que admite la rebelión cuando el gobierno vulnera los principios democráticos. Todo esto es muy peligroso para Maduro. Para establecer un régimen realmente socialista el chavismo tiene que liquidar ese texto.

Pero tampoco puede decir a las claras cuál es su propósito. El modelo es la Constitución estalinista de 1936. Deben introducir derechos económicos (trabajo, vivienda digna, alimentación adecuada y otros cantos de sirena), junto a las libertades fundamentales que todos conocemos (reunión, expresión etcétera). Pero “cualquier legislación o conducta estarán subordinadas” a los fines del Estado socialista, a los principios bolivarianos o a la fórmula deliberadamente vaga que se les ocurra. Ese es el lenguaje. Mientras más vaporoso mejor será para los jueces militantes que tendrán que aplastar a los ciudadanos bajo el peso de sentencias draconianas.

¿Cómo pueden los chavistas imponer esas normas con un 80% del país en contra? A otra escala, ya lo hicieron en 1999. Sacaron el 52% de los votos e instalaron al 95% de los constituyentistas. Maduro se propone imponer a la mayor parte de los redactores obviando el sufragio universal y sustituyéndolo por la selección corporativista. Elegirán a dedo a los representantes del campesinado, del proletariado y de las otras invenciones que necesiten. En la España fascista del franquismo, las “Cortes”, como se le llamaba al Parlamento, estaban integradas por tercios: el familiar, el sindical y el municipal. Y no tenían la facultad de legislar libremente, sino se limitaban a refrendar las normas pautadas en los Consejo de Ministros presididos por el Caudillo. A ese proceso le llamaban “democracia orgánica”.

Lo que está claro de las intenciones de Maduro es que no está dispuesto a entregar el poder bajo ninguna circunstancia. “Los cubanos” no se lo permitirían. Raúl Castro se propone pelear hasta el último chavista. Para la dictadura de La Habana también es de vida o muerte. 

*Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

El continente invisible

América Latina es, para bien y para mal, el continente invisible. Para  bien, paradójicamente, se demuestra en el triste caso venezolano. Cuando Nicolás Maduro amenaza a Estados Unidos o a España y dice algunas soeces barbaridades: nadie le hace caso. Eso es de agradecer. No lo escuchan. No cuenta. No lo perciben. Es un dictador de celofán y eso le molesta.

Para mal, porque  no hay enemigo pequeño, y mucho menos un grandullón colombiano, o de origen dudoso, que mide dos metros y pesa 130 kilos. Incluso, como suelen decir los panameños, siempre dados a las metáforas náuticas, porque no hay actitud más rentable que “navegar con bandera de pendejo”.

Nadie  discute que Maduro se pasea por el mundo explotando su identidad de bobo a la vela, y que es un tipo folclórico que habla con los pajaritos (y con las pajaritas, agregaría el personaje), pero hace mucho más que practicar el lenguaje de las aves y retorcer la gramática: auspicia el narcotráfico, otorga pasaportes ilegales, está asociado a Irán, a las FARC y a las bandas de terroristas islamistas, mientras alienta en su país la mayor ola de corrupción que recuerda la historia.

Todo esto, subraya el político y politólogo boliviano Carlos Sánchez Berzaín, desata el éxodo desordenado de la gente más desprotegida. Si guatemaltecos, salvadoreños, hondureños  y mexicanos huyen hacia Estados Unidos, es porque gentes como Nicolás Maduro crean las condiciones ideales para que millones (y millonas Maduro dixit) de personas piensen, como sentenciaba Simón Bolívar, que todo lo que puede hacer un latinoamericano ilustrado es emigrar.

Por eso es un disparate que Estados Unidos se  dedique a combatir los síntomas del mal --narcotráfico, terrorismo islamista o el habitual de toda la vida, la corrupción generalizada o la inmigración ilegal --, y que ignore las causas de estos flagelos. Es como pelear con la cadena y olvidarse del mono. Es un atroz error pasar por alto a Nicolás Maduro, Raúl Castro, Evo Morales, Daniel Ortega y al resto de los sospechosos habituales.

En este momento, a los míticos 100 días de instalarse en la Casa Blanca, la administración de Donald Trump todavía no ha nombrado en el Departamento de Estado al Subsecretario a cargo de América Latina, no ha formulado una política coherente con relación a los peligros que emanan de esa zona, y ni siquiera ha designado a un embajador titular para que participe en la OEA.

Tampoco es de extrañarse, dado que los países limítrofes también carecen de instinto de conservación y son incapaces de formular una política exterior que intente protegerlos.

En Colombia, Juan Manuel Santos jugó con la fantasía de que Chávez era su nuevo “mejor amigo”, pese a que miles de narcoguerrilleros colombianos vivaqueaban en Venezuela y él lo sabía, mientras al Brasil de Lula y de Dilma no le importaba que una buena parte de la coca que las FARC producía y Venezuela exportaba por medio del Cártel de los Soles (el de los generales venezolanos), inundara las calles de Sao Paulo y Río de Janeiro.

Es indispensable, en este punto, formular y responder tres preguntas básicas.

¿Por qué los únicos países latinoamericanos que han formulado una política exterior conjunta, consonante con sus objetivos, son dictaduras totalitarias, como Cuba, o disfrazadas, como Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador?

Acaso porque sueñan con hundir a Estados Unidos y a los valores que le dan forma y sentido a las odiadas (por ellos) democracias liberales, y saben que para lograr esos propósitos es indispensable actuar en el terreno internacional.

¿Por qué las democracias latinoamericanas son incapaces de generar una política exterior individual o colegiada que las defienda del permanente acoso totalitario?

Tal vez, porque nuestros dirigentes políticos (con excepciones) no ven más allá de sus narices, o porque han delegado en Estados Unidos esa función, sin comprender que a esta nación, finalmente, le importa un rábano lo que pueda ocurrir fuera de sus fronteras, salvo que afecte los intereses y la seguridad de Estados Unidos, como es posible deducir de la permanente corriente aislacionista presente en el país desde que George Washington se despidió del poder recomendándoles a sus compatriotas que se mantuvieran alejados de las querellas europeas.

¿Por qué a Estados Unidos le interesa más cuanto sucede en Indochina o en el Magreb que lo que ocurre en el vecindario latinoamericano, a pocos pasos de la (todavía) imaginaria muralla de Trump?

Sospecho  que tiene que ver con la propia autopercepción estadounidense. Pese a la recomendación de Washington, el mainstream se ve como una prolongación de Europa y tiene preocupaciones  europeas. América  Latina fue un mundo desovado y celosamente guardado por España durante siglos. Muy  pocos norteamericanos son  capaces de percibir el peligro cuando emana de naciones insignificantes. Por eso no ven, no  oyen  y  no sienten. Trágico. *Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

 

¿Caerá Nicolás Maduro?

Maduro y el chavismo caerán, pero no por su propio peso, sino por el esfuerzo de sus adversarios. El síntoma inequívoco está  en esos millares de jóvenes venezolanos dispuestos a enfrentar a las fuerzas represivas. Los venezolanos  menores de 25 años no conocen otro régimen que el confuso guirigay chavista. Si persisten, acabarán   por  triunfar, como  sucedió en Ucrania.

Los estados totalitarios tienen un tiempo crítico de gestación. Las revoluciones no se pueden hacer en cámara lenta y el manicomio  venezolano fue inaugurado en 1999, hace 18 años. Las ingenuas ilusiones de aquel instante fueron progresivamente aplastadas bajo el peso de una nefasta experiencia gerencial que ha destruido al país trenzada con la corrupción, el narcotráfico y la idiotez.

El tiempo es un factor crítico. Cuando las revoluciones comienzan cuentan con muchos adeptos y con la curiosa expectativa  del conjunto de la población, pero los caudillos totalitarios saben que deben actuar rápidamente porque la luna de miel será corta. Lenin tomó el poder en octubre de 1917 y antes de los dos años  ya había echado el cerrojo. A Fidel Castro sólo le tomó 18 meses apoderarse de todos  los medios de comunicación, de la enseñanza privada y de las grandes y medianas empresas.

Probablemente  Hugo Chávez tuvo que someterse a otro calendario por la forma en que tomó el poder y porque hizo redactar una Constitución garantista con bastantes elementos de la democracia liberal. Enterró un texto  “moribundo”, pero parió otro que hablaba de separación de poderes y de libertades, y que dejaba la puerta abierta a la insurrección en caso de que la estructura republicana estuviera en peligro.

¿Cómo se sostiene Nicolás Maduro pese al manifiesto rechazo popular al régimen? Su poder  se fundamenta en la capacidad represiva del régimen y ésta, a su vez, depende de la información que recibe y del daño que les puede infligir a quienes no obedecen. De ahí la importancia  del terror. El Sistema  juega con la ilusión de que conquista el corazón de los ciudadanos, pero no es verdad. Se trata de apoderarse de las vejigas de los súbditos. La intención es que se orinen  de miedo. Como se sabe, la información es poder. Maduro tiene acceso a los informes de la inteligencia cubana, organismo  dedicado a explorar la vida y milagros de las personalidades venezolanas –opositores y chavistas--, especialmente de quienes merodean el poder y tienen la posibilidad potencial de descabezar al gobierno, sustituirlo y darle un vuelco instantáneo a la situación política.

Luego viene la represión. Los servicios cubanos aprendieron de la Stasi alemana, madre y maestra de la represión, que basta un 0.5% de la población para manejar a cualquier sociedad en la que, además, el gobierno controle férreamente los tribunales y el aparato propagandístico para construir el relato que le permita perpetrar cualquier canallada.

¿Cómo llegaron los soviéticos y los alemanes a ese porcentaje? Según la leyenda, la cifra surge de la observación de los  rebaños ovinos hecha por la eficiente policía política zarista: la temible Okhrana. Bastaba un perro feroz para mantener a raya a  200 temblorosas ovejas. Entre sus actividades estaba, fundamentalmente, la  información, la desinformación, la penetración y la disgregación del enemigo.

En Alemania Oriental  apenas necesitaron ochenta mil personas para sujetar a 16 millones de aterrorizados súbditos. En Cuba son  unas cincuenta y cinco mil para 11 millones. En Venezuela se trataría de 150,000  personas dedicadas a maniatar a casi 30 millones.

Sin embargo, en  Venezuela no alcanzan, y ahí está “el bravo pueblo” en las calzadas y plazas para demostrarlo. Maduro quiere  armar una milicia de un millón de paramilitares. ¿Para  qué? Porque no se fía de las Fuerzas Armadas. Esas  milicias son para evitar que un día algunos militares se cansen de su incompetencia y de sus necedades, como hicieron con el general Juan Velasco Alvarado en Perú, aunque, en su caso, tal vez termine en un avión rumbo a Cuba, rodeado de los handlers del G-2 isleño, que lo manejaban como a una marioneta inepta que hablaba con los pajaritos y bailaba salsa en medio del naufragio.

La hambruna está a la vuelta de la esquina por la falta de dólares para importar alimentos. La catástrofe es mucho peor  en sociedades urbanas, como la venezolana, en las que el 78% de la población carece de habilidades campesinas. Súmese a este cuadro la falta de medicinas, de insecticidas, y de todos los factores  que mantienen a raya las enfermedades. El resultado es obvio: Venezuela se hunde si Maduro continúa  instalado en Miraflores. Todos los venezolanos, incluso los chavistas, saben que tiene que irse.

 

Prefraude, fraude y postfraude en Ecuador

En Ecuador --afirma el gobierno-- las elecciones del 2 de abril las ganó la “revolución ciudadana” y la perdie-ron los “pelucones”.

“Revolución ciudadana” es la forma local de llamarle a la voluntad omnímoda de Rafael Correa. Allí se hace lo que a este señor le da la gana.

“Pelucones” son  todos los  que se oponen a ella. Lo que en Venezuela denominan “escuálidos” y en Cuba “gusanos”.

Pero no sucedió así. Según  todos los síntomas, en Ecuador ganó la oposición. Senci-llamente, hubo  fraude. La trampa estuvo precedida por el prefraude y ahora estamos en la fase del postfraude.

Me explico.
El  prefraude es la etapa en la que se crea el clima ideal para consumar el engaño. Se cambia o adapta la legislación, se controlan los órganos electorales, y se introducen métodos electrónicos fácilmente manipulables.

Simultáneamente, se silencian los medios de comunicación independientes, y el dictador, disfrazado de presidente democrático, coopta los poderes legislativo y judicial para acogotar a cualquiera que ose criticarlo. Primero fragua una legislación ambigua, perfecta para iniciar las persecuciones, y luego suelta a los fiscales del Estado, como los cazadores liberan a sus perros de caza, para que acosen y atrapen a quienes se atreven a denunciar la falta de libertades. Algunos de los opositores van a parar a la cárcel o al exilio.

Naturalmente, se crea una atmosfera de terror. La mayor parte de las sociedades sometidas a esta violencia  propenden a guardar silencio y a la obediencia dócil. Sólo protestan a pecho descubierto los más audaces y comprometidos. Los que  mejor  entienden cuanto  sucede.

El fraude es el delito cometido durante el proceso electoral. Primero, se prepara comprando algunas encuestas que dan como virtual ganador al candidato oficialista. Y luego se lleva  a cabo mediante el control del  registro de votantes –los muertos continúan sufragando, se crean ciudadanos virtuales--, pero el truco mayor es el diseño sofisticado del software.

Es posible graduar exactamente con qué porcentaje se desea triunfar y dónde colocar los votos decisivos. La máquina  interpreta los algoritmos programados y ofrece los resultados solicitados de una manera casi imperceptible. Esto se hace en minutos, generalmente cuando, oportunamente, se interrumpe  la electricidad. (En  todas  partes cuecen habas. No  sólo  en el Tercer Mundo. En el Condado de Dade, en Florida, cuando se decidía en una consulta el destino millonario de los casinos, dos computadoras “mal programadas” invertían los “sí” y “no” para darle la victoria a quienes favorecían  la creación de casas de juego fuera de las reservas indias. Las máquinas  fueron  descubiertas y  los  resultados  invalidados).

En Ecuador estamos en el postfraude. El órgano electoral, obediente y dependiente del poder, para darle a esa “victoria” una apariencia de  verosimilitud, ya proclamó el triunfo de Lenín Moreno por una pequeña fracción. Nadie hubiera creído que el oficialismo ganaba por goleada  cuando la predicción es que iba a perder. Sucedió lo mismo que en las elecciones venezolanas del 2013, cuando los resultados se  acomodaron al éxito de Nicolás Maduro frente a Henrique Capriles, quien, a todas luces, había conseguido prevalecer con cierta holgura.

El postfraude  le concede al régimen una pátina de legitimidad suficiente para contentar a los factores internacionales. Todos  aquellos elementos –El Departamento de Estado norteamericano, el Vaticano con su papa peronista, la OEA— que prefieren la estabilidad a la verdad impredecible e incómoda de que hubo fraude, probable origen de desórdenes, se sienten aliviados y no vacilan en avalar los resultados. Al fin y al cabo, en muchas elecciones, como en México o Colombia,  también hay fraudes.

Pero hay una  diferencia. En los  países del Socialismo del Siglo XXI (por ahora Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua) el fraude  –condenable en todas las latitudes— es un instrumento para el mantenimiento de regímenes que nada tienen que ver con las democracias liberales a las que todos esos países (menos Cuba, que es una franca dictadura comunista), dicen pertenecer.

Todos  juegan con la apariencia de un Estado de Derecho, dotado de una Constitución que garantiza las libertades, con separación de poderes, partidos políticos libres que participan en comicios abiertos, en el que las transacciones comerciales responden al mercado, y en los que supuestamente funciona la alternancia en el poder, pero todo es una mentirosa ilusión.

La verdad se la  leí hace unos años a Salvador Sánchez Cerén, un viejo comunista exguerrillero salvadoreño, hoy presidente de ese país. En  esa época era candidato de la oposición a vicepresidente y gobernaba el partido ARENA. Dijo, y  cito de memoria, que cuando llegaran al poder terminaría la alternancia. El  gobierno totalitario, como el amor, o como el odio, es para siempre. Como se ha visto en Ecuador. 

*Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.
 

Maduro es un peligro para todos

El final de la comedia se veía venir. Nicolás Maduro ha eliminado cualquier vestigio de democracia en Venezuela. Sus sicarios en el Tribunal Supremo de Justicia se han encargado de asumir las funciones de la Asamblea Nacional. Esta es la última maniobra. Ahora continuará la dictadura, pero sin tapujos y con mano aún más dura. El camino está libre para acusar a los diputados de traición a la patria. O de lo que se les ocurra.

La operación comenzó tras la derrota electoral de diciembre de 2015. Era la versión venezolana de la piñata nicaragüense. Fue entonces, en las pocas semanas que faltaban para que el nuevo parlamento comenzara a operar, cuando, a toda máquina, reformaron la composición de la cúpula del poder judicial, pisoteando la Constitución y preparándose para gobernar a palo y tentetieso cuando fuera necesario. O sea, ya.

Luis Almagro, envió un tuit calificando el hecho como un autogolpe. El Secretario General de la OEA casi tiene razón. En realidad, fue la etapa final del coup que se gestó en el momento en que supieron, con total certeza, que el 70% de los venezolanos los repudiaban, y llegaron a la conclusión de que ese porcentaje continuaría  ascendiendo por la precaria e indetenible situación de la economía.

Inmediatamente, Almagro convocó al organismo para actuar en consecuencia. Seguramente invocará la Carta Democrática  Interamericana, y tiene una posibilidad muy grande de aplicarla y expulsar a Venezuela de la Institución, si es que antes Caracas no se da de baja del organismo, lo que probablemente suceda. Almagro posee  el apoyo de 20 países y tal vez pueda agregar otros tres para alcanzar las dos terceras partes del total de 34.

Por la otra punta, ya está claro que, dentro de la institución, el régimen venezolano tendrá el respaldo activo de Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Mientras  tanto, la dictadura cubana, fuera de la OEA desde 1962, manejará todos los hilos del chavismo.

Al fin y al cabo,  la cabeza del Socialismo del Siglo XXI está en La Habana. Nicolás Maduro es sólo un títere (mal) formado en los cursillos de marxismo-leninismo de la Escuela de Cuadros del Partido  Comunista de Cuba, llamada “Ñico López”, sugerido por Fidel Castro a Hugo Chávez por la elemental lógica de poder dominante: Maduro les parecía a los servicios cubanos un bruto noble y dócil que hablaba con los pajaritos, mucho menos corrupto y más manejable, por ejemplo, que Adán Chávez, el hermano del fallecido teniente coronel. Maduro no era perfecto, pero, entre los venezolanos  disponibles, era el más útil para “los cubanos”, precisamente por sus debilidades.

¿Y qué  va a pasar tras la censura de la OEA a Venezuela? No demasiado, a menos que los Estados Unidos abandone la ridícula actitud de “Venezuela no es un peligro, sino una molestia”, adoptada  desde el gobierno de George W. Bush, y luego continuada por Barack Obama.

El gobierno de Venezuela, aunque caótico  y desorganizado, sí es un peligro para la seguridad de Estados Unidos por sus vinculaciones con los terroristas islámicos y por sus lazos militares con Irán y Hezbolá. No tiene ojivas nucleares,  pero posee otros medios de perjudicar severamente a su archienemigo.

Es un  peligro por sus nexos con el narcotráfico y por la utilización de una parte de sus generales en este comercio asesino. Es un peligro por su militante “antiyanquismo”, y por ser una de las naciones  más corruptas del planeta.

¿De  qué le sirve al Departamento del Tesoro de Washington perseguir a los jerarcas del fútbol por corrupción,  o a una docena de banqueros por blanqueo de capitales procedentes de la droga, como señala la DEA, si Venezuela es un narcoestado impunemente  dedicado a todos esos menesteres y a parada y fonda de las narcoguerrillas colombianas?

Por último, el gobierno de Venezuela pone en peligro a su propia población, deliberadamente hambreada, mientras el país se aproxima a una terrible catástrofe  humanitaria,  por una combinación letal entre el pésimo gobierno y la corrupción. ¿No habíamos quedado en que existía “el deber de proteger” a  las víctimas de estos horrores políticos?

Estados Unidos es la única nación de las Américas que posee la visión estratégica, los recursos, el peso material y el sentido de la  responsabilidad que se requiere para defenderse de sus enemigos y dedicarse a cambiar un régimen que le perjudica intensamente y emponzoña la atmósfera en toda América Latina.

No es  verdad que la Guerra Fría terminó totalmente. Si Estados Unidos desea continuar siendo la cabeza del mundo libre no puede  evadirse del tema venezolano. Tiene que dar un paso al frente y liderar al Continente.

*Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.