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A Corazón Abierto- Dra. Amparo

¿Cómo cuidar la salud mental en época de pandemia?

El coronavirus nos pone frente a una situación inédita y desconocida. Para sobrellevarlo es fundamental que cuidemos nuestra salud mental. Con este fin, la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires elaboró una guía de consejos y recursos psicológicos para ayudar a enfrentar esta crisis.

Esta guía explica cuáles son las emociones que esta situación causa y aclara que eñ elevado nivel de incertidumbre que acompaña esta situación precipita y mantiene un estado de ansiedad que constituye la preparación frente a una amenaza nueva y desconocida.

Según esta guía algunas de las emociones que podemos estar sintiendo ante esta situación son:

Miedo: a perder la salud, a las posibles consecuencias de la enfermedad, a la falta de recursos, a la falta de insumos básicos. Es posible sentir miedo ante una situación que se percibe como nueva y amenazante. Es posible que pensamientos como “me puede pasar a mi” o “puedo contagiar a mi familia”, emerjan. Frente a ello pueden aparecer pensamientos negativos asociados a la muerte propia o de la familia, así como también temor a contagiar a los seres queridos y provocarles un daño. Estos sentimientos pueden generar tanto reacciones funcionales como disfuncionales. Dentro de las reacciones funcionales es posible que aparezcan conductas creativas, actividades formativas o recreativas. En el caso de las reacciones disfuncionales que pueden incrementarse -aquellas conductas que implementamos para regular nuestras emociones negativas-, encontramos como ejemplo consumir noticias compulsivamente, entre otras.

Frustración: esta situación puede provocar una sensación de pérdida de libertad, de dificultad en llevar adelante proyectos y actividades personales. Puede haber pensamientos del tipo “no puedo hacer lo que hago siempre”, “no puedo terminar mi trabajo”, “quiero salir y no puedo”. Frente a esta situación novedosa estamos obligados a ser pacientes y debemos generar nuevos hábitos.

Enojo: suele ocurrir cuando experimentamos la sensación de que está ocurriendo un hecho injusto. Puede haber pensamientos del tipo de “el gobierno tendría que haber cerrado antes, esto no es mi culpa” u “otras personas no respetan la cuarentena y se aprovechan”. Lo que puede provocar conductas irresponsables como salir de casa o iniciar pleitos. Es importante recordar la importancia de realizar las denuncias por los medios oficiales y no exponerse a situaciones violentas.

Ambivalencia: es posible sentir alivio por estar en casa pero también emociones como miedo, frustración o enojo. Puede suscitarse en pensamientos del tipo “ahora puedo hacer lo que nunca hago. Aunque quisiera saber cuándo terminará todo esto”.

Desorganización: el hecho de no poder continuar con la propia rutina es un factor que desorganiza nuestra estructura; ya que perdemos la sensación de control. Es importante recordar la capacidad que tenemos para reorganizar una nueva estructura.

Aburrimiento: el aislamiento provoca que nuestra posibilidad de vincularnos para compartir tiempo con otros se reduzca significativamente; con lo cual nuestras actividades de ocio y esparcimiento disminuyen significativamente. En este sentido, pueden aparecer pensamientos del tipo “¿ahora qué hago?”, “¿cuándo podré salir a divertirme?”. Es importante utilizar los medios digitales que tenemos a nuestro alcance para seguir manteniendose en contacto. Tenga presente que es una situación transitoria y la conducta de respetar las indicaciones es en sí misma una acción muy valiosa para usted y toda la comunidad.

Tristeza: esta situación puede darse por la ruptura de la cotidianeidad. También puede agravarse con el aislamiento y por tener contacto reiterado con noticias negativas. Pueden aparecer pensamientos del tipo “no tengo ganas de hacer nada”. Tenga en cuenta que es una situación transitoria y que el propio esfuerzo por respetar las regulaciones es lo que permitirá que finalice lo antes posible. No deje de compartir estos sentimientos con las personas con las que comparte su hogar o con otros a través de medios virtuales.

Sentimiento de soledad: la falta de vinculación puede provocar una sensación de soledad y agravarse especialmente en aquellas personas que viven solas. Pueden aparecer pensamientos del tipo “me siento solo”, “qué hago si me pasa algo”. Es importante tener en cuenta que otros están pasando la misma situación y que puede ser posible establecer nuevas formas para vincularnos. Quizás con personas a nuestro alrededor (vecinos, comerciantes de la zona, etc.) con las que no solemos relacionarnos o también a través de medios virtuales que hasta ahora no habíamos utilizado.

Sensación de encierro: el aislamiento puede hacernos sentir encerrados y agobiados. Pueden aparecer pensamientos del tipo “quiero salir a la calle y juntarme con gente”. Recordar lo transitorio de esta situación y la posibilidad de realizar otras actividades pendientes en el hogar es importante para utilizar recreativa y productivamente el tiempo.

Ansiedad: la situación puede provocar sensaciones desagradables en relación a la incertidumbre. A su vez, pueden aparecer conductas y pensamientos que busquen huir de la realidad. Pueden aparecer pensamientos del tipo “voy a dormir hasta que termine esto”. Es importante intentar mantener una rutina, establecer una serie de actividades para realizar durante el día y separar un espacio del mismo para el esparcimiento.

Dicen los especialistas que estas emociones pueden tramitarse identificándolas, aceptando y cambiando aquellas conductas que interfieren con el afrontamiento de esta situación. Identificar implica observar y comprender nuestros pensamientos y emociones, y ese entendimiento nos ayuda a lidiar con lo que nos pasa.

Fuente: “recomendaciones psicológicas para afrontar la pandemia” Facultad de Psicología UBA.

 

Coronavirus: responsabilidad social y cambio de hábitos

Llegó el coronavirus y sí o sí  hay que cambiar muchos hábitos. Es una pandemia, nos dicen. Eso significa que se trata de una enfermedad que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. Frente a esta situación y para impedir que el virus se siga propagando es nuestra responsabilidad social cumplir todas las normativas y recomendaciones de los Organismos de Salud nacionales e internacionales.

Para parar esta pandemia tenemos que parar nosotros. Es así. No hay otro modo. Para conseguirlo todos los gobiernos están tomando medidas excepcionales. Pero ninguna de estas medidas va a alcanzar si cada uno de nosotros no se hace responsable de cambiar lo que tiene que cambiar en su propia vida. Los hábitos y las costumbres que hasta ahora teníamos ya no sirven más. Hay que cambiarlos. Y hay que cambiarlos ya.

El coronavirus nos involucra a todos. De nosotros depende que se siga propagando o no. Necesitamos que el virus no se siga expandiendo y eso es trabajo y responsabilidad de cada uno de nosotros. Es ahora el tiempo de hacerlo. ¿Cómo hacemos?

Una de las normas fundamentales para detener esta epidemia es el distanciamiento social. ¿Qué significa eso? Eso significa que debemos mantener una distancia física con los demás.

Ya no se debe saludar con un beso ni darse la mano ni abrazarse. Si esta era nuestra costumbre hay que inventar otra, como saludar con una sonrisa, con un gesto a la distancia o lo que ustedes prefieran. Pero basta de besos y de apretones de manos y de abrazos.

También implica no ir a lugares donde se juntan demasiadas personas, ni en lugares públicos, ni en casas, ni en reuniones de ningún tipo. El virus se propaga de persona a persona y si las personas se reúnen, encuentra un caldo de cultivo perfecto para propagarse. Y eso es lo que no queremos.

La distancia física que debemos mantener con los demás en cualquier circunstancia social es de 2 metros. Se considera que a esa distancia el virus tiene muy pocas probabilidades de contagiarse.

Y por supuesto, lo más importante: quedarse en casa. Salir sólo por algo imprescindible. Aprovechar este período para hacer todo lo que tenemos pendiente en nuestro hogar. Tratar de resolver todo lo que se pueda a la distancia a través de las diversas plataformas de internet. Quedarse en casa por uno y por los demás.

Esta es nuestra tarea ahora. La misión más importante que tenemos: detener esta pandemia.

Es importante entender que el distanciamiento social es solo un distanciamiento físico. No implica distancia emocional. Podemos estar comunicados y en contacto con otros pero manteniendo y respetando siempre las pautas de distancia física que recomiendan los organismos de salud.

Y también tenemos que ponernos muy estrictos con los hábitos de higiene. Sabemos que la otra arma poderosa contra el coronavirus es nada más ni nada menos que el agua y el jabón. Lavarse las manos con frecuencia durante 1 minuto, de la manera indicada por los CDC. ¿Cuántas veces? Muchas. Todas las que pueda. Cada vez que va al baño, antes de comer, cada vez que vuelve de la calle, o que toca algo en algún lugar público. De no tener agua y jabón a mano hay que usar alcohol en gel u otro desinfectante adecuado.

Y desde ya, mantener limpios y desinfectados todos los espacios de la casa. Ser constante y cotidiano con la limpieza. Detallista. Cuidadoso. Desinfectar los picaportes, las barandas de las escaleras, todos los objetos que sean de uso frecuente como los controles remotos, los celulares y tablets, etc. Ayuda, y mucho.

Y un detalle más: no tocarse la cara. No se imaginan la cantidad de veces que uno se toca la cara con las manos sin lavar. Y eso es una gran oportunidad para el virus, ya que encuentra así el modo de meterse en nuestro organismo.

Resumiendo: los comportamientos tenemos que adoptar

  1. Distanciamiento social.
  2. Higiene.
  3. Responsabilidad social.
  4. Respetar y cumplir las normas de salud y de prevención.

No es fácil cambiar algunos comportamientos, pero hay que hacerlo. Sin enloquecer ni entrar en desesperación. Haciendo lo que hay que hacer. Y enseñando a los más chiquitos estas pautas de comportamiento que desde ahora todos y todas debemos adoptar.

 

El difícil arte de vivir en pareja

La mayoría de las personas anhela enamorarse. Quién no quiere sentir eso tan especial hacia alguien. Desvelarse por la presencia o por la ausencia del otro. Desearlo. Extrañarlo. Palpitar al escuchar su voz. Esto, y mucho más, forma parte de ese impacto al que llamamos enamoramiento.

De este modo, encontrar y conquistar a esa persona especial que nos haga sentir en las nubes es uno de los motores de la vida. Esta búsqueda nos hace arreglarnos, mejorar, salir, ir a reuniones, a fiestas, a bailes, armarnos un lindo perfil en la apps de citas, recorrer las redes sociales, mirar otros perfiles, dar likes, tratar de ser agradable, tener simpatía, encanto, etc.

“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”, escribió alguna vez el poeta J. L. Borges, y en ese verso resume el sentir de todos los enamorados. Ahora bien, cuando ese click ocurre y el amor toca a la puerta, empieza un largo camino que no siempre termina del mejor modo.

Dice otro gran poeta, ArmandoTejada Gomez: “el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”. Lamentablemente en muchos casos así ocurre. Aquel amor que en algún momento nos hizo vibrar termina siendo devorado por el tiempo. De golpe, o no tan de golpe, notamos que de ese torbellino de amor y de deseo no queda nada. Para que el amor no sea devorado por el tiempo, por la rutina y por la costumbre hay que trabajar en el sentido contrario.  Apostar a construir juntos una relación que, fundada en el enamoramiento inicial, pueda afianzarse y mantenerse joven al mismo tiempo, es el desafío.

¿Cómo hacerlo?

El respeto mutuo, la comprensión, el diálogo abierto, la complicidad, la ternura, la intimidad, son las bases para que una relación perdure en el tiempo sin perder potencia ni erotismo.

Otras conductas y hábitos, en cambio, destruyen y dinamitan la pareja, y, son esas conductas, las que hay que tratar de evitar si se quiere sostener el amor. Ahora bien, ¿cuáles son esas conductas tan perjudiciales y dañinas que desgastan y pueden destruir a la pareja?

 

6 conductas que desgastan el amor

  1. Mentir: esta es una de las conductas que erosionan el amor. La mentira trae desconfianza, falta de intimidad, de respeto y se pierde por completo la complicidad de la pareja. Estos ingredientes fundamentales del amor y del erotismo en la pareja quedan aniquilados con las mentiras. No importa si se trata de mentiras pequeñas o de grandes mentiras, el hecho de mentir y de creer que mentir es una conducta válida, a la corta o a la larga destruye la intimidad del vínculo.
  2. El malhumor: este ingrediente es una bomba de destrucción masiva. El mal humor frecuente va agotando al otro. Cansa. Desune y quita las ganas de todo. El buen humor diario es básico para el bienestar de la unión.
  3. Criticar a la familia del otro: gravísimo error. En general estas críticas no llevan a nada bueno, por el contrario, suelen generar peleas y encontronazos y a la larga desgastar a la pareja.  El vínculo de cada quien con su familia de origen siempre es delicado. Lo mejor es no meterse y dejar que cada uno resuelva sus problemas familiares a su modo.
  4. Espiar: esta es otra conducta que lleva a la destrucción de la intimidad. Vivimos en la era del espionaje a través de las redes sociales y muchas personas no pueden resistir a la tentación de espiar lo que hace su pareja en las diversas redes sociales. ¡Problemón! Hay que tratar de evitar esta horrible tentación de espiar al otro. La falta de confianza en la pareja siempre ocasiona un enorme desgaste.
  5. Pelear en público: otro gran error. Las peleas y discusiones deben quedar para la intimidad de la pareja. No olvidar que las discusiones en una pareja son inevitables, pero si es evitable el maltrato y la agresividad. Hay que aprender a discutir, a disentir, a intercambiar opiniones sin agresividad.
  6. Descalificar al otro: ¡bombazo! alto riesgo de destrucción del amor. Para que el amor funcione debe estar prohibido descalificar a la pareja. Es una conducta nociva y dañina que destruye el amor. Ningún tipo de maltrato es admisible en un vínculo amoroso. Hay que cuidar los modos y los modales. La agresividad y el maltrato destruyen al amor.

 

El síndrome de Houdini

A principios del  siglo 20 un joven de origen húngaro deslumbró al mundo con sus habilidades de ilusionista. Se trataba del gran mago Houdini, que en aquellos años comenzaba su carrera. Su fama sigue siendo reconocida aún hoy y su nombre quedará por siempre en las crónicas de las historia de la magia.

La familia de este joven dejó su país de origen e inmigró a Estados Unidos cuando él tenía 4 años. Desde muy chico el futuro mago se vio obligado a trabajar para ayudar a su familia. Utilizaba su tiempo libre para estudiar magia y poco a poco fue desarrollando el talento que hacia 1900 deslumbraría al mundo entero.

Lo que lo llevó a ser mundialmente conocido fue, sin duda, su capacidad para el escapismo. Una de sus famosas hazañas, que asombraba al público de la época, era la de zafarse de esposas, candados y cadenas con sorprendente facilidad.

Así, se suele considerar a Houdini el mejor escapista de todos los tiempos. Escapó de cuerdas, de cadenas, de camisas de fuerza y de esposas de todo tipo, de barriles, de cajas selladas, de baúles y bidones, de bolsas, sacos y ataúdes, de jaulas y habitaciones cerradas.

En uno de sus famosos números, colgado de los pies en edificios elevados, atado de pies y manos y apresado con una camisa de fuerza, lograba librarse ante el público de sus ataduras. Cuentan que en una de sus demostraciones más impresionantes logró salir, en menos de un minuto, de una caja sellada con acero y arrojada a las aguas del puerto de Nueva York.

En la actualidad su nombre es símbolo de la habilidad para escapar. Y de allí la designación del síndrome que hoy nos ocupa. Escapar es la palabra clave en este asunto.

De este modo, hoy en día, se empezó a utilizar el nombre de Síndrome de Houdini a la tendencia a escapar de los compromisos emocionales. También llamados escapistas sentimentales, las personas con esta tendencia evitan y huyen de las situaciones emocionales que los puedan involucrar. Se trata entonces de personas que no pueden tolerar el compromiso emocional y entonces, ¿qué hacen?: huyen.

Así como el gran mago Houdini huía de las ataduras y encierros, estas personas huyen de los compromisos afectivos que para ellos se vuelven como encierros.

El psicólogo y escritor Pablo Palmero, autor de este concepto, en su libro “Los pilares del amor” detalla y desarrolla las características de esta tendencia. Explica que la principal característica del houdinismo es la dificultad para mantener relaciones sanas y duraderas, ya sea de amistad o amorosas.

También define este autor que el Síndrome de Houdini es la tendencia a evitar sistemáticamente cualquier tipo de relación sentimental, ya sea por miedo a perder su libertad, ser sometido o a inseguridades sin sentido.

Escapar sería entonces la respuesta ante cualquier atisbo de intimidad emocional. Claro está hay muchos modos de escapar. La más evidente es escapar físicamente. Es decir, desaparecer sin dejar rastros. Otra forma de escape es a través del plano anímico. En este tipo de huida la persona sigue allí físicamente, pero el trato se vuelve cada vez más frío y distante. Puede llegar a un punto en el que ya no quedan indicios de lo que era la relación. La distancia se vuelve tan grande que las personas se convierten en extrañas y la relación se va vaciando de sentido.

Existe aún, nos dice el autor, otra forma de escapismo que suele pasar desapercibido. Se trata de un modo de escapar a la intimidad que usan muchas personas. Estos individuos tienen una vida social normal, con buenas relaciones laborales y sociales, pero no comparten su vida privada con nadie. De este modo, ninguna persona llega a conocerlos realmente.

Dice Pablo Palmero: “el houdinismo no es una enfermedad sino una cuestión de grados. El motivo: En mayor o menor grado, todos hemos sufrido heridas que nos mantienen recelosos y desconfiados frente a los demás”.
Pero no todos escapan de la misma manera. Esto se debe a que cada persona tiene una personalidad única y el síndrome de Houdini también tienen un estilo propio.

Algunos de los escapes más frecuentes son los siguientes:

  • Los extremadamente tímidos que utilizan su timidez como coraza.
  • Los que viven buscando defectos en los demás que invaliden sus sentimientos.
  • Los que intelectualizan y provocan discusiones y conflictos constantemente.
  • Los que erotizan todo, ponen el deseo en primer lugar y dejan el cariño en último plano.
  • Los sumisos, que ceden ante los demás para no mostrar lo que realmente quieren.
  • Los cómicos, que tapan los sentimientos con el humor.

Entonces lo que nos queda por preguntar es: ¿conoce a algún escapista?

 

Cómo detectar a una persona egoísta

El egoísmo es un comportamiento que presenta características muy notorias, que detectamos a diario en muchas personas con las que compartimos la vida. Puede ser que estemos en pareja con una persona egoísta, o que tengamos algún compañero de trabajo que actúe de manera egoísta, o bien que algún amigo o familiar se maneje de ese modo. Lo cierto es que compartir la vida con una persona egoísta no es fácil.

Para la persona egoísta sus cosas y sus necesidades siempre están primero. Es más, el resto ni siquiera existe. Para el egoísta es prácticamente imposible entender que hay otros con necesidades además de él. Su mirada se centra tanto en sí mismo que lo demás se borronea o desaparece.

El diccionario nos da una definición muy clara de lo que es el egoísmo, dice así:

“El término egoísmo hace referencia al amor excesivo que una persona siente por sí misma y que le hace atender desmedidamente su propio interés. Por lo tanto, el egoísta no se interesa por el interés del prójimo y rige sus actos de acuerdo a su absoluta conveniencia”.

Así, la persona egoísta es aquella que solo puede pensar en sí misma y a la que solo le importa la satisfacción de sus propias necesidades. Se dice que el egoísta no es capaz de ceder algo de lo propio con el fin de incluir las necesidades del otro.

Todos tenemos conductas egoístas de vez en cuando. El problema aparece cuando no es posible tener una actitud altruista y todos los comportamientos están signados por el modo egoísta de actuar.
 
El altruismo es justamente lo contrario del egoísmo. El diccionario lo define como la tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa del interés propio.

En general, la mayoría de las personan alternan conductas altruistas y conductas egoístas. Si observamos la conducta de los niños podemos ver claramente que el egoísmo es una etapa normal de la evolución del psiquismo humano.

En general las conductas egoístas suelen aparecer alrededor del primer año de vida y es normal que se mantengan hasta los 6 años. Recién a esa edad el niño puede empezar a tener una mayor empatía y una mayor capacidad para controlar los impulsos egoístas. Como en todas las cosas la educación es clave para que este proceso de socialización y madurez llegue a buen puerto.

De hecho, a diario nos encontramos con adultos que parecen no haber salido de la infancia, ya que presentan comportamientos altamente infantiles. El egoísmo excesivo podría dar cuenta de una inmadurez emocional.

¿Pero cuáles son las características principales de los egoístas? ¿Cómo podemos reconocerlos?

Acá veremos algunas de sus principales características que nos permitirán reconocerlos con facilidad:

Los egoístas…

  • Buscan siempre el propio beneficio. En toda situación encuentran siempre el modo de salir beneficiados.
  • No les gusta compartir sus cosas.
  • Solo les llama la atención lo que es importante para ellos mismos.
  • Pasan mucho tiempo hablando de ellos mismos.
  • Les cuesta prestar sus cosas. Es más, intentan no tener que prestar nunca nada.
  • No escuchan a los demás. Están muy poco interesados en lo que les ocurre al otro.
  • Si hacen algún favor, siempre intentan que les reditúe algún beneficio.
  • Se creen más importantes que los demás.
  • Se sienten el centro del universo y por eso sus necesidades y deseos son los únicos que cuentan.
  • No reconocen su egoísmo. Están tan pendientes de sí mismos que ni siquiera se dan cuenta de que sus conductas son egoístas.

 

Diferencia entre autoestima y egoísmo

Es importante diferenciar entra autoestima y egoísmo. No son lo mismo. La autoestima es la valoración que cada quien tiene de sí mismo. Es algo positivo y necesario. La autoestima es un conjunto de percepciones, pensamientos, sentimientos  dirigidos hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de comportarnos. Tener una buena autoestima es un signo de salud mental y nos permitirá tener una mejor calidad de vida.

El egoísmo, en cambio, es el aprecio desmesurado por uno mismo que lleva a no tener en cuenta a los demás.

 

La importancia de los buenos modales

Llamamos buenos modales a todas las conductas de cortesía y amabilidad que se practican en una sociedad determinada. Cada cultura y cada época desarrollan diversos códigos de cortesía que permiten que la vida en comunidad se despliegue cordial y pacíficamente.

Según un informe presentado en la U. S. News & World Report los buenos modales se han deteriorado gravemente en los últimos 10 años. Este deterioro, opinan los especialistas,  contribuye al aumento de la violencia en las sociedades contemporáneas.

Esto es así porque los buenos modales mejoran la convivencia entre las personas. Son comportamientos y modos de actuar que denotan que se tiene consideración hacia el otro. Saludar de modo amable, pedir disculpas, pedir por favor, ofrecer ayuda, colaborar, son algunos ejemplos de buenos modales que hacen la vida más agradable y menos violenta.

Otros ejemplos de buenos modales podrían ser:

  1. No interrumpir constantemente al otro cuando habla sino esperar que termine para expresar nuestra opinión.
  2. Apagar el teléfono en los lugares en los que es una molestia que suene, por ejemplo un concierto, una obra de teatro, el cine, etc.
  3. Ceder el asiento a las personas mayores, a las embarazadas, a las que cargan un niño, o a las que tienen alguna discapacidad.
  4. No arrojar papeles o basura en cualquier lado. Utilizar siempre los lugares indicados para eso.
  5. No gritar o hacer ruidos molestos en lugares públicos que puedan perturbar a los demás.
  6. En una entrada siempre se debe dejar salir antes de entrar a un sitio. Tiene preferencia siempre al que sale respecto del que entra, salvo que ceda la entrada a una señora o persona mayor.
  7. En la escalera es mecánica debemos colocarnos bien a la derecha, para dejar paso a quien desee subir más rápido.
  8. No entorpecer el tránsito en una escalera, ni en las aceras, ni  en las puertas de acceso, etc.
  9. Al comer, no hacer ruido al masticar los alimentos.
  10. Comer despacio, comer con la boca cerrada y no hablar con la comida en la boca.

Estos son algunos ejemplos de buenos modales, que básicamente implican que se tiene consideración y respeto hacia las otras personas que casualmente comparten un espacio con nosotros.

 

Beneficios de tener buenos modales

Los modales son una carta de presentación que abren las puertas del mundo laboral y social. Si tenemos buenos modales daremos una mejor impresión y seremos tratados con estima. Es también un gran beneficio a la hora de buscar trabajo, ya que poder tener un comportamiento educado y amable mejora las chances de obtener un mejor trabajo.

Por otro lado cuando las cosas se piden de buena manera, se generará un mejor ambiente y los otros estarán más dispuestos a ayudar.

Tener buenos modales, a su vez, provoca el respeto de los demás y mejora nuestra autoestima. Además, facilita el contacto social, favorece la aparición de nuevas amistades y mejora las relaciones laborales.

 

Enseñando buenos modales

Los buenos modales se transmiten desde la infancia. Es un gran beneficio para un niño crecer conociendo buenos modales, ya que estos se convertirán en hábitos que lo ayudarán a tener una mejor calidad de vida y un mejor trato con los demás. Por eso, es fundamental incluir estas prácticas en el hogar, así los niños lo aprenderán y lo incorporarán a su vida de una manera natural.

Decir gracias, pedir las cosas por favor, saludar al entrar y al salir, golpear a la puerta y pedir permiso antes de entrar, cuidar el tono y la manera de dirigirse al otro, ser puntual, ceder el paso a los mayores, saber compartir, ser respetuoso con las cosas de los demás, pedir prestadas las cosas que no son suyas, son algunas de las conductas que deben enseñarse en el hogar desde la primera infancia.

La mejor forma de enseñar es sin duda con el ejemplo. Así que los buenos modales se enseñan adoptando uno mismo estas reglas de conducta que denotan amabilidad y consideración hacia el otro.

También es importante enseñar modales a la hora de comer. Lavarse las manos antes de comer, respetar los horarios de la comida, no gritar ni chillar en la mesa, no hablar con la boca llena, no chuparse los dedos, pedir las cosas por favor, no hacer ruidos groseros, usar la servilleta, no empezar a comer antes que los demás, usar los cubiertos correctamente, pedir permiso para levantarse de la mesa, son algunas de estas normas de buenos modales que les resultarán importante en muchos momentos de la vida.

 

El síndrome del caballero blanco: personas que necesitan salvar a los demás

El síndrome del caballero blanco fue descripto por las Doctoras Mary Lamia y Marilyn Krieger en un libro de su autoría denominado justamente “El Síndrome del Caballero Blanco: rescatándose de la necesidad de rescatar a otros”.

Y de eso mismo se trata el famoso síndrome: de la necesidad enfermiza de rescatar y de salvar a los demás.

Las personas con este síndrome se vinculan con individuos vulnerables y dañados, con el objetivo de rescatarlos de sus dramas y de salvarlos de las situaciones difíciles en las que están metidos. Así, el “caballero blanco” busca salvar a las personas de su propia infelicidad. Y para eso se vincula con gente que se encuentra en dificultades. Esas dificultades pueden ser problemas económicos,  problemas de adicciones, problemas  mentales o emocionales, tendencias autodestructivas, problemas de salud de cierta gravedad, problemas de soledad, etc.

Todo sirve: el “caballero” ve en estos problemas la oportunidad de convertirse en rescatador.

El nombre de este síndrome simboliza al caballero de los cuentos de hadas que busca rescatar a la princesa de los dragones que la mantienen apresada. Así, los dragones serían los múltiples problemas que tiene y padece el que necesita ser rescatado.

Este modo de vincularse se da muy frecuentemente en las relaciones de pareja, pero puede darse también en lazos de amistad, entre familiares, hermanos o compañeros de trabajo. Es decir,  cualquier vínculo puede funcionar bajo el modo de este síndrome: una persona dañada y con problemas, y otra que se esmera en rescatarla y se convierte en el “caballero salvador”.

¿Cómo actúa el Caballero Blanco?
Las personas con este síndrome suelen tener un pasado de pérdidas y abandonos. En general, ellos mismos han padecido traumas o han vivido con padres que necesitaban ser rescatados, o con padres excesivamente autoritarios.

  • Se vinculan con personas dependientes y llenas de conflictos y problemas.
  • Parecen personas generosas y altruistas que buscan el bien del otro, pero poco a poco se convierten en tiranos y obligan al rescatado a actuar del modo que consideran correcto.
  • Son controladoras y exigen entrega total.
  • Ansían ser todo para el otro.
  • Tienen baja tolerancia a la frustración, se sienten ofendidas y decepcionadas con facilidad.
  • Suelen quejarse de la ingratitud del rescatado y de que no se deja ayudar como corresponde.
  • Suelen ir de una relación a otra buscando nuevas almas para rescatar.
  • Obligan al otro a aceptar su ayuda, aun cuando el otro no se la haya pedido. Actúan como si ayudar al otro fuera su misión.

 

El Caballero Blanco en pareja

Es importante aclarar que este síndrome afecta a todos los géneros, es decir tanto hombres como mujeres pueden identificarse con el rol del Caballero Blanco. De este modo, a la hora de estar en pareja, se trata de hombres o de mujeres que se enamoran de alguien problemático y afectado por diversas dificultades al que ellos intentan salvar.

Allí aparece el “caballero” que salvará al ser amado y podrán ser felices para siempre. Así ocurre en los cuentos. En la realidad las cosas son muy distintas. Y estas relaciones no suelen tener un final de rosas. Por el contrario son relaciones tóxicas en las que ambos salen lastimados.

En un principio el salvador se muestra como una persona complaciente y preocupada por el otro, con una gran empatía hacia todo lo que le ocurre al otro. Pero poco a poco se va revelando lo que esta primera capa esconde. Y el caballero ni es tan caballero ni es tan desinteresado.

El Caballero (como ya dijimos, puede tratarse tanto de un hombre o de una mujer) suele ser controlador, manipulador y tirano. Todos los cuidados y ayuda que prodiga al otro esconden una necesidad de dominio sobre la pareja.  Tiende a sobreproteger y a asfixiar a la pareja.

No se trata de una amor generoso sino de una obsesión por rescatar al otro.

Tienen terror a la distancia física y emocional, por eso se vuelven controladores y celosos en extremo.

Sutilmente refuerzan las debilidades de la pareja para seguir teniendo un dominio sobre ella. La suelen tratar como si fuera un niño, o alguien sin capacidad de manejarse sola, una persona inútil que necesita de él para sobrevivir. De este modo son ellos los que dominan la escena.

Parece querer recatar al otro, pero en general pondrá obstáculos en la recuperación para que el rescate y el dominio continúen. Si el rescatado consigue superar sus problemas y mejorar su situación, el caballero abandona la relación en búsqueda de otra “alma” que necesite ser rescatada.

El mayor problema es que se trata de un vínculo basado en la dependencia y cuando el otro se recupere el Caballero sentirá que ya no lo necesita.

 

Celebrando San Valentín

¿Todo listo para San Valentín? ¿Preparados para festejar? ¿Algún plan especial? ¿Algún regalo para alguien especial? El espíritu de San Valentín ya se hace sentir y muchos enamorados se disponen a celebrar. Pero esto no es todo.

Sabemos que cada 14 de febrero se celebra en muchos países el día de San Valentín. Esta celebración ha adoptado diversos nombres: Día de San Valentín, Día de los Enamorados, Día del amor y de la amistad.

En esta fecha se celebra el amor. El amor romántico desde ya, pero también otras formas de amor o, mejor dicho, el amor en todas sus formas. Así, podemos usar este día para celebrar todas las formas de amor que recibimos y que damos en nuestra vida diaria.

Es el amor en sus múltiples modos que se hace presente de tantas maneras y con tanta fluidez que no acepta limitaciones ni etiquetas. El amor que se percibe en los gestos de nuestros semejantes.

Si miramos a nuestro alrededor seguramente encontraremos allí muchas personas que hacen que nuestra vida sea más interesante, más rica y más profunda. Personas que, por el sólo hecho de estar cerca, nos hacen brillar, e iluminan con su presencia la rutina y la oscuridad de ciertos día.
Allí están, cada uno desde un lugar más o menos próximo, desde una mayor o menor intimidad, todas las personas que, con su amabilidad y con su cariño, rompen los moldes de la soledad y nos hacen saber que no estamos solos en este mundo.

Un mundo que a veces se vuelve inhóspito y difícil, un mundo que a veces lastima y asusta, y sin embargo, estas personas nos rodean y nos abrazan a su modo con una sonrisa, con un “buenos días”, con una ayuda circunstancial, con una comida recién hecha, o con cualquier pequeño o gran gesto que se convierte en un mensaje que nos dice: “tranquilo, no estás solo”.  

Por este motivo hoy quiero celebrar este día con ustedes compartiendo un poema del poeta argentino Hamlet Lima Quintana que habla de esto, del amor y de las personas que instalan el amor en nuestras vidas bajo infinitas formas. A veces con una palabra, a veces con un gesto, con una pregunta,  con un modo de callar o de acompañarnos y que, de una manera tenue y sencilla, nos permiten sentir la calidez y la maravilla del amor.

El poeta le puso un nombre a este poema: “Gente necesaria”. Y con ese nombre sintetiza las imperceptibles conexiones del amor que nos vuelven parte de una trama afectiva más o menos visible, pero siempre presente. Conectados, nos vemos rodeados de personas que son una referencia amorosa en el laberinto de la vida en el que tantas veces nos perdemos. Y allí están los demás, los semejantes, con sus sencillos gestos, con su permanencia a pesar de las turbulencias, con su cercanía, abriendo cada vez la posibilidad de un encuentro.

Celebremos y festejemos entonces en este 14 de febrero a toda esa “gente necesaria” que llena nuestra vida de sentido y de calidez. Para todos los necesarios que, desde más cerca o más lejos, saben llegar “hasta los límites del alma” y nos reconcilian con lo mejor de la vida, va este poema.

 

Gente necesaria

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente, que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor,
inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la
vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

 

¿Cómo lidiar con adultos inmaduros?

Crecer es madurar. Se supone que a medida que un individuo crece y se convierte en adulto sus comportamientos infantiles desaparecen y empieza a comportarse de una manera más madura. De este modo, a partir de esa maduración, puede tomar más responsabilidades, tolerar la frustración, tener un carácter más estable, no reaccionar impulsivamente y muchas otras conductas que dan cuenta de la maduración psicológica de la persona.

Sin embargo, a diario vemos adultos que siguen actuando como niños. No toleran las responsabilidades ni las frustraciones, se desmoronan ante cualquier presión, se desestabilizan con facilidad, tienen muchos caprichos, se enfadan por naderías, se empacan y no pueden razonar. Se trata de personas que con una personalidad inmadura.

Las personas con personalidad inmadura no pueden soportar ni enfrentar situaciones estresantes. Su mundo emocional y psíquico sigue funcionando como en la infancia: con caprichos, urgencias, impulsos descontrolados y falta de responsabilidad. Las relaciones que establece con los demás son demandantes e inestables a la vez.

Madurar es entender que somos los únicos responsables de lo que hacemos. Es tomar las riendas de la propia vida y hacerse cargo de las consecuencias. Madurar es dejar de creerse el centro del mundo.

Madurar es poder pensar en los demás. Madurar es poder postergar la gratificación inmediata en pos de un bien mayor. Pero a cada paso nos encontramos con personas ya crecidas que siguen funcionando emocionalmente como criaturas. ¿Cómo lidiar con estos niños grandes?

12 señales para detectar una personalidad inmadura

  1. Inestabilidad emocional: son emocionalmente inestables. Pueden pasar de la risa al llanto con facilidad. Pueden cambiar de humor en cuestión de minutos. No saben controlar sus emociones.
  2. Dificultad para adaptarse a los cambios: los cambios los estresan. Se ponen de mal humor y protestan ante el menor cambio.
  3. Personalidad poco definida: suelen ser tremendamente influenciables. Se dejan llevar por las opiniones ajenas. Le cuesta tomar posiciones de forma clara sobre algo.
  4. Comportamientos caprichosos: se mueven por antojos y gratificaciones inmediatas. Les gusta obtener lo que quieren sin pensar en las consecuencias. No toleran el no.
  5. Culpan a los demás: culpan casi siempre a los demás por sus problemas. Les cuesta hacerse responsables de su vida y prefieren pensar que los otros tienen la culpa de todo lo que les pasa.
  6. Mienten: cuando se presenta una situación que es incómoda pueden mentir sin problema para mantenerse fuera de conflictos y eludir las responsabilidades.
  7. Son impulsivos e impacientes: actúan sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus acciones. Cuando algo se les mete en la cabeza no pueden esperar ni postergar su realización.
  8. Ausencia de objetivos: les resulta difícil posponer las gratificaciones para más tarde. Quieren resultados ya.  Esto les impide hacer planteamientos realistas para lograr sus objetivos.
  9. Dificultad para aceptar los propios errores: les es mucho más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.
  10. Son narcisistas: son egocéntricos. Tienen necesidad de ser admirados y una falta total de empatía hacia los demás. Todo gira en torno a ellos, nadie más cuenta.
  11. Relaciones afectivas rígidas y exigentes: en un primer momento idealizan a los demás, pero después se sienten defraudados por cualquier pequeñez. Son  rígidos y exigentes en sus demandas. Quieren que les den todo lo que piden de modo inmediato. No toleran un no por respuesta.
  12. Establecen relaciones codependientes: Para las personas inmaduras emocionalmente los demás son un medio para hacer o resolver cosas que por sí mismos no pueden. Para poder establecer vínculos maduros se requiere que haya autonomía y capacidad de valerse por sí mismo.

 

¿Cómo tratar a una persona inmadura?

Tratar con una persona inmadura no es tarea fácil. Implica hacer un importante ejercicio emocional para no caer en las trampas que el inmaduro propone.

En primer lugar se recomienda evitar asumir el rol de salvador. Recordar siempre que se trata de un adulto, aunque no haya madurado. No hay infantilizarlo más por medio de la sobreprotección. Es preciso que cada quien lleve sus responsabilidades. Salir siempre a su rescate, cubrirlo, es hacerle el juego y seguir impidiendo su maduración. Por lo tanto, en la medida de lo posible, es indicado no hacer las cosas por él.

Es importante recordar que en una relación feliz debe existir un nivel adecuado de equilibrio entre el dar y el recibir. Una persona inmadura suele exigir y esperar más de lo que da. No es conveniente caer en esta trampa. Para que el vínculo persista es necesario tratar de equilibrar.

Tratar de hablar y razonar juntos puede ayudar.

 

Cuando las emociones son inaccesibles

Es sabido que las emociones son vitales. Para la mayoría de las personas estar alegres, tristes, sentir miedo o enfado es algo natural y transitan por sus emociones sin mayores inconvenientes. De este modo, las emociones y sentimientos tienen un papel central y fundamental en todos los aspectos de la vida humana.

Podemos decir que las emociones son como  fuerzas orientadoras que dan significado y sentido a las situaciones cotidianas. Dan dirección a nuestra vida. Nos mueven, nos motivan. Constituyen  una enorme fuente de energía que organiza y orienta nuestras acciones. Nos permiten tomar decisiones, saber por dónde queremos ir y por dónde no. Gracias a las emociones sabemos quiénes somos ya que nos reconocemos en lo que sentimos.  

La poeta y ambientalista australiana Judith Wright lo expresó de esta manera: “Los sentimientos y las emociones son el lenguaje universal que debe ser honrado. Son la expresión auténtica de quienes somos”.
Las emociones también son esenciales para los vínculos. Organizan las relaciones con los demás. Permiten entendernos, entender a los demás, comunicarnos, generar intimidad, reírnos, hacer proyectos, nos permiten saber qué nos gusta, qué nos duele, qué nos enfada y qué nos conmueve.

Imaginen por un segundo cómo sería la vida si no pudiéramos saber qué sentimos.

Muchas personas viven así, sin poder identificar sus emociones. No saben qué sienten. No consiguen identificar lo que les pasa emocionalmente y por lo tanto no pueden expresarlo. Están aislados de sus propias emociones y sentimientos. No consiguen acceder a su mundo emocional.

En psicología este trastorno tiene un nombre: “Alexitimia”.

¿De qué se trata? La Alexitimia  es un trastorno que  impide identificar y describir las emociones propias y las de los demás.

Fue descrito por primera vez en el año 1972 por el profesor de Psiquiatría Peter Sifneos.  Este doctor introdujo el término “alexitimia” formado por 3 palabras griegas: “a” que significa sin, “lexis” que significa palabra y “thimos” que significa afecto. Es decir, alexitimia quiere decir sin palabras para el afecto. De este modo, las personas alexitímicas son incapaces de reconocer y poner nombre a sus emociones.

Y, aunque parezca extraño, son muchas las personas que padecen este trastorno. Se considera que alrededor del 10 por ciento de la población mundial tiene dificultades para identificar y manifestar sus emociones.

En general, las personas que sufren de Alexitimia están limitadas en su capacidad de experimentar fantasías. Tienen dificultades para todo lo relacionado con la imaginación.  Presentan una forma de pensamiento centrada en el exterior. Se basan en los hechos que observan directamente. Esto es así porque el mundo interno les resulta inaccesible.

No tienen habilidades empáticas, es decir no consiguen ponerse en el lugar del otro ya que  tienen gran dificultad para comprender los sentimientos de otras personas. Son descritas por los demás como frías y distantes. Pero esta frialdad se debe a que no pueden conectar ni descifrar sus emociones.

Otra característica de las personas con este trastorno es que tienen grandes dificultades para distinguir las emociones de las sensaciones corporales. Los sentimientos les llegan en forma de un matojo de tensiones, de molestias corporales o de sensaciones físicas que no pueden asociar a ninguna emoción.

 

Las principales características de la Alexitimia son:

  1. Dificultad para identificar las emociones y sentimientos
  2. Comprensión limitada de lo que causa dichas emociones
  3. Dificultad para expresar los sentimientos
  4. Dificultad para entender las expresiones faciales de los demás
  5. Imaginación limitada
  6. Hipersensibilidad a las sensaciones físicas
  7. Apariencia distante y fría.
  8. Escasa comunicación verbal: hablan poco.
  9. Escasa comunicación no verbal. Parecen muy rígidos.
  10. Cuesta mantener relaciones interpersonales.

 

10 rasgos de un alexitímico

  1. Tienen poca capacidad de introspección y pocas fantasías. Son personas con una vida interior limitada. Tienen una mínima tendencia a la ensoñación.
  2. No reconocen las emociones en los demás.
  3.  Falta de empatía.
  4. Parecen serios y aburridos.
  5. Hablan muy poco.
  6. Son prácticos y racionales.
  7. Se orienta hacia lo externo y lo concreto.
  8. Les cuesta establecer y mantener vínculos afectivos.
  9. Tienen relaciones sociales complicadas caracterizadas por la dependencia emocional o el aislamiento social.
  10. Pueden tener problemas sexuales como ausencia de deseo o impotencia.

 

¿Conoce a alguna persona vanidosa?

Es muy probable que si mira a su alrededor encuentre a más de un vanidoso. La vanidad es un rasgo de personalidad bastante frecuente, y bastante molesto también.  La persona vanidosa se siente superior los demás, ya sea desde un punto de vista intelectual o físico. Siempre cree que es superior, mejor, más interesante, más inteligente y más atractivo que el resto.  

El diccionario nos aclara que vanidad, viene del latín vanĭtas, y es la cualidad de vano: vacío, hueco o falto de realidad, sustancia o solidez. Está vinculado a la arrogancia, a la presunción y al envanecimiento.
No es fácil relacionarse con un vanidoso. La verdad es que la vanidad puede deteriorar seriamente una relación. Los rasgos del vanidoso hacen que vincularse con él sea muy complicado y tortuoso.  Las personas vanidosas están muy centradas en sí mismas, son prepotentes y se consideran seres superiores que están por encima de los demás, a quienes ven como inferiores. Obviamente todos estos rasgos dificultan mucho establecer una buena relación con la persona vanidosa.

Se dice que detrás de esta imagen de perfección que tienen de sí mismos los vanidosos sienten una enorme inseguridad. De allí que sea un rasgo vacío, falto de solidez. Podríamos pensar en una imagen hueca que esconde un enorme vacío.

De todos modos, el vanidoso se suele comportar como si fuera el rey del mundo y su trato hacia los demás suele ser desagradable.

 

Los rasgos principales de la persona vanidosa son:

1. Creen que están siempre en lo cierto:
Las personas vanidosas suelen creer que tienen razón en todo. Intercambiar opiniones con ellas es una pesadilla, pues creen que su opinión es la única válida. De este modo, ni se molestan en escuchar los argumentos de los demás, ya que los descarta sin prestarles demasiada atención.  Las discusiones con un vanidoso no llevan a ningún sitio, pues el vanidoso sólo está interesado en su propia opinión. Con frecuencia, las personas vanidosas defienden sus puntos de vista poniéndose a sí mismos como autoridad.

 

2. Prestan muchísima atención a su imagen pública:
Están muy pendientes de lo que los demás piensan de ellos. Tratan de demostrar indiferencia, pero les importa muchísimo que los demás tengan una buena imagen. Se dice que suelen actuar como si la opinión ajena no les importara, pero están obsesionados con lo que las otras personas piensan de ellos. En general se desviven para generar esa imagen perfecta. Se muestran seguros, hacen alharaca de sus logros, les gusta lucir bien, usar ropa de marca y que se note.  Son extremadamente cuidadosos con lo que publican en las redes sociales, ya que siempre quieren dar una imagen triunfante y exitosa. Las fotos que suben suelen estar muy estudiadas y embellecidas, mostrando siempre su mejor ángulo o sus últimas adquisiciones de ropa o de lo que sea.

 

3. Se enojan con mucha facilidad:
Las personas vanidosas tienen que sostener una imagen idealizada de ellos mismos. En parte, esta necesidad de mostrarse deslumbrantes  los vuelve intolerantes. Cualquier detalle que ponga en duda su imagen perfecta puede causarles un enojo descomunal.

 

4. Se expresan de forma teatral
Son excesivos y exagerados en su modo de expresarse. La mayoría de las personas vanidosas se expresan de una forma completamente teatral. En realidad parecen actores interpretando un rol protagónico. Cuando hablan, gesticulan de una forma que parece sacada de una obra de teatro. De este modo, llaman la atención de su audiencia. Hay que recordar que el vanidoso no se comunica con pares, pare él los demás son un público que debe aplaudirlo y admirarlo en todo lo que hace y dice. También hacen un uso de la voz muy especial, y estudiado; las entonaciones, los silencios, el modo de hablar, todo está estudiado para causar admiración.

 

5. Se creen el centro del universo
Para el vanidoso no hay nada ni nadie más importante que él mismo. Los demás son extras necesarios para halagarlo y admirarlo. Los vanidosos se despreocupan de las necesidades ajenas porque están convencidas de que lo que ellos necesitan es lo más importante. Tienen un amor desproporcionado por ellos mismos y pierden de vista a los demás.

 

Ecoansiedad: el impacto del cambio climático en la salud mental

Vivimos en un mundo rápido, instantáneo e hipercomunicado. La tecnología avanza a pasos agigantados, pero, al mismo tiempo, avanza también la destrucción de muchos ecosistema.

Los científicos debaten sobre las posibles consecuencias del cambio climático.  Las noticias nos advierten sobre diversas catástrofes naturales: inundaciones, incendios forestales, terremotos, contaminación de los mares, devastación y extinción  de las especies, agotamiento de los recursos naturales, calentamiento de la tierra, la enorme acumulación de plásticos en mares y bosques, los altos niveles de contaminación en ciudades y campos, la destrucción de parajes naturales, el exceso de pesticidas y agrotóxicos que se utilizan en la agro industria, etc.

Frente a este panorama desolador cada vez más personas entran en pánico, agobiadas por la magnitud del problema ambiental que enfrentamos y por la insensibilidad de los gobiernos y de los intereses económicos que parecen no preocuparse por el futuro del planeta. Cada veaz más personas toman conciencia de esta situación y se sienten impotentes frente al deterioro del planeta. ¿Qué puedo hacer yo?, se preguntan, y aunque en su vida personal busquen modos sustentables de vida, aunque se esfuercen en reciclar y cuidar el medio ambiente,  sienten que es muy poco frente a lo que está pasando a nivel mundial. ¿Entonces?

Entonces esta perspectiva abrumadora y oscura empieza a afectar la salud mental y el bienestar emocional de gran parte de la población. Especialmente los jóvenes, los adolescentes y los niños se ven perturbados por este panorama desesperanzador. No es fácil mantener el bienestar personal cuando vivimos bombardeados por noticias de catástrofes ambientales que ponen en riesgo la continuidad de la vida en la tierra.

De este modo, este cuadro de situación genera nuevos modos de malestar y de inquietud en la población. En el mundo actual muchas personas se ven atravesadas por el miedo y la preocupación ante el deterioro del medio ambiente. Y este malestar tiene un nombre: ecoansiedad.

Se llama ecoansiedad a la ansiedad que se produce al observar el deterioro del planeta a causa del accionar humano. Esta forma de ansiedad es cada vez más frecuente. El miedo a que ocurra un cataclismo ambiental, el estrés por los impactos que puede causar el cambio climático y la preocupación por el futuro definen este nuevo trastorno. Así, muchas personas viven atemorizadas y preocupadas en extremo por el panorama desolador de una tierra arrasada.

La Asociación Estadounidense de Psicología describe la ecoansiedad como un “temor crónico de un cataclismo ambiental, un estrés causado por observar los impactos aparentemente irrevocables del cambio climático, y la preocupación constante  por el futuro de uno mismo, de los niños y de las generaciones futuras.

La activista adolescente Greta Thunberg en una conferencia realizada  en Viena afirmó: “Es la crisis más importante que la humanidad ha enfrentado jamás”. Y así perciben gran parte de los adolescentes el impacto del cambio climático y de la devastación del planeta: una crisis como la que no se ha conocido antes.  Y esta percepción de la crisis ambiental que estamos viviendo impacta de forma directa en la salud mental.

De este modo, la incertidumbre por el calentamiento global genera estrés, depresión, ira y angustia. Estos estados emocionales  impactan en el equilibrio  psicológico de las personas generando un estado de malestar y preocupación crónica.

Este nuevo trastorno se manifiesta de diversas maneras. Algunos de los síntomas de ecoansiedad más frecuentes son: preocupación constante por el futuro del planeta, estados de pánico, incertidumbre constante, sensación de ahogo, opresión, agobio, sentimientos de culpa por traer hijos a un mundo colapsado o decisión de no tener hijos ambientales,  por miedo a las futuras catástrofes, impotencia por no poder detener la degradación de la naturaleza, depresión, desaliento, falta de proyectos y sensación de sin sentido.

Según los expertos un número cada vez mayor de niños presentan síntomas de estrés y  agotamiento emocional provocado por la “ecoansiedad”, así como también el miedo a la extinción de los seres humanos como resultado de la contaminación del daño ambiental.